U na de las noticias que más me ha sorprendido en los últimos tiempos tiene que ver con el reciclaje de electrodomésticos. Al parecer, una organización de consumidores ha colocado un dispositivo de seguimiento para conocer el destino de unas cuantas unidades, y un alto porcentaje de las mismas acabó en la basura. Por si no lo saben, los consumidores pagamos una pequeña tasa en la compra para que una serie de empresas autorizadas reciclen los electrodomésticos rotos u obsoletos y, oh, sorpresa, muchos de ellos se pierden por el camino.
Sin embargo, lo que de verdad me ha interesado del asunto es el método utilizado y, ni corto ni perezoso, he decidido aplicarlo a uno de nuestros productos agrícolas; mis hallazgos son tan sorprendentes como los de la línea blanca. He introducido un pequeño GPS en una cebolla para el seguimiento de una caja producida en una explotación gallega, tratando así de ver su destino y precio final. La cebolla, y sus congéneres, recorrieron aproximadamente veinte kilómetros, desde el punto de producción al de venta, pasando por un pequeño almacén. Lo realmente curioso es que al final su precio se multiplicó por diez, y este incremento no es achacable a los costes de transformación, salvo que por estos se entienda el meter una caja en un coche, ni a mi GPS.
No les abrumaré con el dispositivo que introduje en las lechugas, ni tampoco con el de los pimientos de Herbón, solo les pido que lo analicen con detenimiento. Cada caja de cebollas pagó un billete cuyo precio es muy superior al que pagaría un pasajero por ese mismo recorrido en un moderno autobús, wifi incluido. Por supuesto, los agricultores no cubren los costes de producción y los consumidores son atracados, pero estas son cuestiones menores en el único mercado en el que, al parecer, no se puede intervenir.
Veamos. Existen comisarios, ministros, conselleiros y organismos varios cuyo objetivo es mejorar el sector agrícola; en breve su número superará al de agricultores en activo. El censo de explotaciones desciende de tal manera que la superficie de las oficinas dedicadas a la gestión del sector superará en poco tiempo a las hectáreas cultivadas. Curiosamente, todo eso no sirve para solucionar un problema que todo el mundo conoce y que, en lo esencial, es el mismo que el del reciclaje de los electrodomésticos: alguien está robando.
Si un producto del campo no transformado se vende al consumidor a un precio diez veces superior al que se le paga al agricultor, algo falla. Yo no sé cómo llamarle a esto, pero si de una figura literaria se tratara sería algo así como una sinécdoque agrícola: los intermediarios dicen llevarse una parte cuando en realidad se quedan con el todo. Es para llorar, y no precisamente por el sulfóxido de tiopropanal.