El próximo jueves, con La Voz, una nueva edición de la Guía de Másters de Galicia
EN OCASIONES, el mar es un muro infranqueable. Otro naufragio sepultó en el océano a varias decenas de inmigrantes que habían fijado en las costas canarias «el sueño de una vida mejor», que, en palabras de Zapatero en su reciente viaje a México, constituyen el anhelo que lleva a las personas a traspasar los muros, saltar las vallas y desafiar la mar. Los cayucos son ataúdes colectivos, la última etapa de un naufragio que se inicia con la ubicación del mapa de la miseria que asola al continente africano. Quienes se embarcan no tienen nada que perder, y la vida se mide por otros baremos que poco tienen que ver con la trampa occidental, con el paraíso de todos los deseos en que se ha convertido Europa. Los que alcanzan la tierra prometida, los que no son repatriados, vivaquean con su limpia y sorprendida mirada ejerciendo los oficios que nadie quiere. Los subsaharianos son el lumpen de la inmigración, el último peldaño en la escala social, los más explotados de entre aquellos que se dejan engañar por quienes los utilizan para tareas que únicamente ellos están dispuestos a aceptar. Cuando llegan viven en pisos patera, en la periferia de la periferia, unidos por esa legendaria solidaridad compartida de los que nada poseen. Cuando iniciaron su sueño, poco sabían de lo difícil que es vivir en Europa, del precio a pagar por el desarraigo. Desconocían que, por ejemplo, en España hay casi nueve millones de ciudadanos que no rebasan el umbral de la pobreza, que viven, que malviven, con menos de 532 euros al mes, según un estudio de la Cruz Roja. Muchos ya han renunciado a seguir «buscando un sueño». Ignoraban las mil maneras occidentales de ser pobre, poco les habían contado de la brecha creciente que separa a los ricos europeos de sus compatriotas pobres. Han muerto buscando un puerto definitivo, un lugar seguro en donde resguardarse de ese naufragio que para millones de africanos es vivir; traían el abrazo de un padre cosido a la espalda y la bendición de una madre clavada en la mirada, pero a veces el mar no es el camino, y un cementerio lleno de ahogados sale al paso antes de que lleguen los barcos del socorro, los barcos del salvamento que son la parada previa a la devolución a Senegal, a Mauritania, para, desde allí, una y cien veces volver a intentarlo. Su salvación es, debe ser, un empeño de todos, de los que miramos desde el puerto su llegada, de quienes tenemos un recuerdo piadoso para los que ya nunca pisarán tierra española, para aquellos cuyos cadáveres la mar devuelve y yacen en una tumba sin nombre.