EL INSTINTO para la prestidigitación de los espías de la antigua escuela hace de ellos unos especialistas en la invención y el desarrollo de panoramas inexistentes y de paisajes que duran lo que dure o deba durar el efecto para el que se despliegan. Así, cuando Putin anuncia la suspensión del Tratado sobre Fuerzas Armadas Convencionales firmado por 30 naciones en 1990-1999, en lo que piensa realmente es en el 2009, fecha en la que entraría realmente en vigor la suspensión si es que para entonces no ocurre cosa o incidente de mayor envergadura. Y cuando Putin piensa en el 2009 tampoco deja de pensar en lo que será de Putin para entonces. Debería haber dejado de ser presidente. Pero puede que lo siga siendo, y que a esa normalidad hayan de atenerse el resto de las normas o lo que quede de ellas. Eso en cuanto a lo que tiene que ver con Putin como protagonista del drama. Pero si nos fijamos en las armas del protagonista -el submarino nuclear, por ejemplo- y recordamos incidentes y peripecias ocurridos por encima y por debajo de las aguas a lo largo de los últimos diez años, es probable que lleguemos a la conclusión de que son herramientas de las que Putin está obligado a hablar con la boca pequeña. Ahora bien, no son esas las armas que Putin tiene en la cabeza al decir que suspende un tratado del que tampoco sería el primero en olvidarse. Las armas que Putin tiene en la cabeza son su gas (mayor productor del mundo), su petróleo (segundo productor mundial, después de Arabia Saudí) y el atlas en el que desplegar de un modo u otro su influencia, desde Turkmenistán y Kazajistán hasta Grecia y Bulgaria, pasando por Pakistán, Afganistán e Irán, sin quitarle la vista de encima a China. Y tampoco hay mucho que discutir respecto a que Sudán, por ejemplo, forma parte del armamento de Putin, al igual que toda su capacidad de veto en Naciones Unidas. Esa es la panoplia con la que juega y piensa Putin en sus muy medidos y taimados planes para dejar cada día más claro cuál es el lugar de la Unión Europea, cuál el de Estados Unidos en el mundo, y cuál el de Rusia allí donde se haga necesaria su colaboración, o se defina su antagonismo, o se sopese la una y múltiple naturaleza de sus mafias.