LUÍS VENTOSO | O |
28 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.FRANCIÑO no era precisamente un hacha en el cole. Pero a los 35 años, tras un lustro de estudio, logró un título de informática CCC. De chiripa, acto seguido pilló un empleo para ferellar con los ordenadores en un chiringuito de teleasistencia de una firma multinacional. Con su flamante nómina, dio al fin el paso más audaz que puede afrontar un joven gallego: con sólo 36 años, dejó el hogar paterno y se fue a vivir con Viruca, su «novia de toda la vida». Viruca, «estilista capilar», y Franciño se instalaron en un piso de dos habitaciones en un barrio currante, legado al joven por su difunta abuela, que había adquirido el inmueble con el sudor de 40 años en Suiza. En el 2003, con el euríbor por los suelos (2%), Franciño inició su gran despegue social. Al calor del bum inmobiliario, vendió por 20 millones de pelas el apartamento de la abuela y se metió en un chalé adosado en Oleiros, de 40 kilos. Con un pufo encima de 20 millones, la pareja fue zafando. Pero a Franciño le ponían los coches. Así que pulió unos eucaliptos que tenía en un monte su otra abuela, pidió un creditazo y cambió su Córdoba turbo-coqui por un A-4. Agosto. Pese a las llamadas a la cordura de Viruca, Franciño decide que ya está bien de veranear en Serra de Outes. Total, se pide un crédito personal, y hala, ¡a Ibiza!, como Pocholo. En el 2007 la multinacional de teleasistencia decidió que desde Túnez se podía teleasistir más barato que desde Galicia. En un día levantaron la tienda. Franciño se quedó en la rúe. Los tipos de interés subieron del 2% al 4,50%. El adosado, el Audi e Ibiza se convirtieron en un puro inasumible. Viruca se divorció. Franciño volvió con sus padres y está a dieta de Trankimazín. La abuela dice que no corta más eucaliptos para caprichos y Solbes insiste: la economía va como un tiro.