OCURRIÓ en un barrio corriente en la ciudad de Barcelona, en el que ha desaparecido todo aquello que lo singularizaba a favor de una larga lista de franquicias al alza que condicionan nuestros gustos y placeres y nos obligan a apostar por una marca. Nos bastamos con tan poco en nuestros días que por escoger un producto de alguna de ellas consideramos que nuestra libertad ha alcanzado su máxima expresión. Nos resulta suficiente una libertad amoral que nos permita mantener unos derechos como consumidores por encima de los derechos y obligaciones de ciudadanos. Si hemos intercambiado el rostro humano por el diseño de una tarjeta de crédito sin presentar ninguna oposición, ¿a santo de qué íbamos a quejarnos por lo que sucedió en el barrio? Un hombre de 85 años, casado y sin hijos, vive con su mujer inválida de 82. Nadie los visita. Los vecinos ya no son los de siempre y entre ellos no se conocen. El marido se ocupa de todo porque no hay suficientes asistentes sociales para tantos ancianos desvalidos, hasta que por culpa de un infarto cae al suelo y muere. La esposa lo ve y no puede hacer nada: la invalidez es tanta que su voz también está afectada. Sólo puede morir de pena, de hambre y sed. Pasan cinco meses y nadie sabe que en el rellano hay un piso con dos ancianos muertos hasta que el hedor lo anuncia. Cada día, en cada barrio de una ciudad grande, ocurren este tipo de cosas que, salvo la estadística, nadie tendrá en cuenta. La vida se amontona en el trabajo y en las calles llenas de turistas, además de en el poco tiempo de falso ocio, pero un cielo plomizo y contaminado, el calor pegajoso y esos árboles que olvidaron de qué color fueron sus hojas un día, no son un buen presagio. La noche de San Juan está al caer, y a cada cual su fuego interno o su hoguera compartida. Apenas quedan hogueras en Barcelona, así que viajo a Mondoñedo, y de ahí a Masma, invitada por mi amigo Jose a comer sardinas junto a la hoguera y junto al río con los vecinos de la aldea; no faltan el churrasco ni el buen vino e incluso hay un cuarto creciente y estrellas en la noche del solsticio. La amabilidad de aquella gente, su forma sencilla de organizar el ritual y de permitirme compartirlo me empuja a pensar que una forma de paraíso circunstancial existe y he tenido la gran fortuna de vivirlo. El milagro se produjo porque en Masma, por unas horas, reviví mi infancia en aquellos años en que el rostro humano no había perdido todas sus máscaras ni había puesto su alma al servicio exclusivo de un puñado de monedas.