SEGÚN datos del padrón municipal, ya somos 45 millones de personas viviendo en España. Para el 2015 seremos cincuenta millones, pero el dato importante no es tanto el aumento de la población como el desglose de ese crecimiento. La población española crece a un ritmo del 0,17%, lo cual la sitúa como el país con menos incremento del mundo y que asiste impasible al envejecimiento de su población. Galicia, por ejemplo, crece a un ritmo aún menor que el de la media española: 0,14%. Mientras tanto, el número de extranjeros aumenta a un ritmo del 8,17% anual, y la población foránea representa ya el 10% del total. De ellos, sólo 1,7 millones son comunitarios frente a 2.800.000 extranjeros no comunitarios. En este sentido, Galicia se sitúa al final de la lista de comunidades, con un incremento de su población no española de sólo un 2,9% frente a cifras como las de Baleares (18,4%) o Madrid (14,1%). Los números son muy preocupantes. En primer lugar, el descenso de la natalidad gallega es a la vez síntoma y problema. Síntoma porque refleja la problemática del mercado laboral, en el que el desempleo no alcanza niveles críticos pero la calidad de los sueldos medios es lamentable. De ello se deriva la dificultad de muchas parejas de encontrar un piso y formar una familia. O llegar a fin de mes, ya puestos. Al tiempo, el progresivo envejecimiento de la población pone día a día las cosas más complicadas al Estado, que prevé una crisis en la Seguridad Social en menos de una década. ¿Soluciones? Incremento urgente de ayudas a las familias, un asunto pendiente en el que vamos a la cola de Europa: gratuidad de los libros de texto, descenso de impuestos a las familias con dos o más hijos y persecución de la economía sumergida. Poco más se puede hacer, pero ya sería algo. Si la Xunta no comienza dando ejemplo pronto, Galicia será un geriátrico en pocos años.