SE LES llama de muchas maneras: izquierdistas autónomos, altermundistas violentos, trotskistas de nuevo cuño, radicales de acción antifascista, etcétera. Son esos activistas que este fin de semana se desgajaron de las marchas pacíficas contra la cumbre del G-8 y se lanzaron a una violenta batalla campal en la ciudad alemana de Rostock. Jóvenes enmascarados, con walkie-talkies y banderas rojas y negras, que arrojaron sobre las fuerzas antidisturbios una lluvia de piedras, botellas y cohetes. Los 200.000 habitantes de la pacífica ciudad báltica no salían de su asombro. Unos 16.000 policías se enfrentaron en sus calles a los airados y violentos, que superaban los veinte mil. ¿Qué los movía? Un ritual que ya tiene su tradición: Protestar contra la cumbre del G-8 (los siete países más industrializados del mundo y Rusia), que se celebrará desde mañana al 8 de junio en el balneario de Heiligendamm, a 25 kilómetros de la ciudad. La policía teme lo peor: que esto sólo haya sido el inicio de la contienda, y ha tomado posiciones estratégicas. Los poderosos de la tierra tendrán que reunirse, como las últimas veces, en una especie de búnker, mientras a su alrededor ruge la marabunta de una contestación internacional. Nada nuevo, por lo tanto. Pero sí algo que cada vez parece mejor organizado y mejor financiado. Las banderas que se ven de Venezuela podrían ser indicativas. Lo cierto es que la espontaneidad inicial de esta protesta ha desaparecido, sustituida por un maremagno de siglas e intereses que acuden adonde saben que estarán los medios informativos para escenificar su actuación. Nada más legítimo que quien lo desee proteste contra el G-8 y su significado. Pero cuando la protesta se convierte en una exhibición de barbarie, resulta difícil determinar la razón que la asiste. Con la cara tapada hasta la nariz y los ojos cubiertos por gafas de sol, es difícil separar su imagen de otras manifestaciones de distinta consideración policial. Sin embargo, el propio G-8 pecaría de ceguera si no acertase a ver en esa airada protesta la punta del iceberg de un descontento popular que se extiende por algunas partes del mundo y que delata la injusticia subyacente. Por ello, la protesta merece atención.