Los que se van

LUÍS VENTOSO

OPINIÓN

LOS INGLESES nos han legado inventos notables. Entre otros, el fútbol, los pubs, la minifalda, la versión actual de la democracia y los discos de The Kinks. Pero hasta un gran pueblo tiene flaquezas. La de los ingleses es su cocina, que va de llenar el depósito con contundencia calórica, sin pararse en melindres degustativos. Por fortuna, hay algún oasis. El chef Richard Shepherd, que hoy peina 62 años, fue uno de los primeros británicos que ganó una estrella Michelín. El galardón le llegó joven, en 1974, tras un aprendizaje en fogones franceses de fuste, donde logró liberarse de la tiranía de las fritangas de mantequilla y las estremecedoras salsas de menta. Shepherd es propietario de un restaurante que lleva su nombre en la zona más linajuda de Londres, muy próximo a la abadía de Westminster, donde se coronan los reyes, y a tiro de piedra del Parlamento. El Shepherd, uno de cuyos socios fundadores fue el fabuloso actor Michael Caine, es un local con sabor y recovecos, al que la pátina del tiempo ha convertido en cenáculo de políticos. El comedor tiene una campana. Dice su leyenda que se hace sonar cuando se acerca la hora de votar en las cámaras, para advertir a los parlamentarios morosos, que se han escaqueado a echar un bocado. El Shepherd tiene eso que los cursis llaman «el estilo del gran mundo». Hasta se le perdona que ofrezcan kétchup para acompañar unas ostras al natural. En su comedor, entre los camareros con corbata de flores, chaleco y mandilón blanco, desfila desenvuelta una morena menuda, al hilo de los 30 y con un tatuaje cool de estilo japonés detrás de una oreja. La camarera es de Cambados y lleva cuatro años en Londres. A cualquier gallego que pasa por allí le reconforta ver a una paisana tan solvente y diestra en un lugar tan exigente. Pero tras el hechizo queda un poso raro. Con garbo o sin él, seguimos como siempre: emigrando.