EL PRÓXIMO 28 de mayo, lunes, cuando se reúnan en Bagdad los representantes de Estados Unidos e Irán para hablar de la situación en Irak, cabe suponer que también lo harán de la situación nuclear de los persas, aunque sin extenderse demasiado ni decisivamente, pues Irán siempre podrá decir a quienes se empeñen en ignorarlo, que no es la potencia responsable de lo que se podría llamar la situación de libre mercado nuclear. Una situación a la que nadie habría prestado el mínimo crédito hace medio siglo, cuando la bomba atómica era un duopolio de americanos y soviéticos, y el mundo sólo supo ponerse a cubierto tras la doctrina de la destrucción mutua asegurada. En aquella época, la gente se manifestaba contra el armamento nuclear, y había potencias tan ilustradas como Francia que, de vez en cuando, hundían un barco de manifestantes. En 1970, un tratado contra la proliferación nuclear intentó sujetar la dinámica de la bomba al dominio de las potencias que integraban de modo permanente el Consejo de Seguridad de la ONU, pero tan cándida idea se vio pronto desmentida por países como Israel, India y Pakistán, a los que no tardaron en seguir bastantes otros, algunos de los cuales, como Corea del Norte, pasaron directamente de la Edad de Piedra a la era atómica. Un informe elaborado por William Langewiesche bajo el título El bazar atómico y el mendigo nuclear deja claro que en un mercado globalizado no hay potencia capaz de intervenir en el flujo de bienes nucleares. Son menos de doscientos folios para describir un paisaje alejado del ambiente supuestamente aséptico de los laboratorios, y ceñido, por el contrario, a las escrupulosas maneras de los diplomáticos. Es un cuadro donde el combustible nuclear soviético se almacena en naves polvorientas y desatendidas, mientras las empresas europeas y sudafricanas colaboran en el tráfico nuclear con gente como A. Q. Khan, un funcionario paquistaní que se dedicaba a vender tecnología nuclear a países como Irán, Corea del Norte y Libia, mientras América contaba con su jefe, el general Pervez Musharraf, presidente de Pakistán, para la preparación de su ataque preventivo contra Sadam Huseín por posesión de armas de destrucción masiva. El tráfico del combustible nuclear en Occidente no está mucho mejor guardado, ni bajo mejor palabra.