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LA PRIMERA Guerra Mundial finalizó con la derrota del Imperio otomano a manos de los aliados. Ello supuso, en 1918, la pérdida de todo el territorio sobre el cual había ejercido su dominio y el repliegue a la península de Anatolia. Sólo pudieron recuperarse y constituirse como nación gracias a quien es considerado el padre de la moderna Turquía, Mustafá Kamal Atatürk. Militar de renombre, fundó el Movimiento Nacional Turco, ganó la guerra de independencia y constituyó la República de Turquía en 1923. Elegido primer presidente, ejerció el cargo hasta su muerte en 1938. Ferviente nacionalista, instó a un cambio radical en su país para convertirlo en una democracia en la que el Ejército era el garante del secularismo. Desde entonces, los diferentes Gobiernos turcos, algunos corruptos y débiles, otros simplemente incompetentes, han sido vigilados muy de cerca por el Ejército, institución que no dudó en intervenir en los momentos más difíciles: 1960, 1971, 1980 y 1997, para «recuperar» el espíritu laico de la nación. Pero Turquía, pese a su «secularismo», es un país musulmán hasta la médula. Puente entre Europa y Asia, entre el Occidente democrático, laico y próspero y el Oriente Medio cada vez más radicalmente musulmán y en franca decadencia, se debate entre lo que necesita ser para prosperar y lo que realmente es. Muestra de esta dualidad es cómo Erdogan, primer ministro desde el 2002, fundador del islamista AKP, Partido por la Justicia y el Desarrollo, ha realizado un gran esfuerzo para poder cumplir con los requisitos exigidos por la Unión Europea para la adhesión, mientras ha separado físicamente a hombres y mujeres en el transporte público y en las escuelas. Aspirante a la presidencia, ante las protestas populares renunció a favor de Gül, más conciliador. Pero a los militares y a los secularistas la concentración de las instancias más altas del poder en los islamistas no les gusta. Y así lo han demostrado. Los primeros, emitiendo un comunicado en Internet considerado antidemocrático y los segundos, saliendo un millón a la calle en Estambul. La Europa favorable al ingreso de Turquía observa con preocupación los acontecimientos que pueden alejar un jugoso mercado; la que se opone, cree que los hechos demuestran cuánto nos separa y lo poco que conviene que se una al club.