FINIQUITADO el apasionante culebrón de Endesa, los paganinis que tienen que apoquinar todos los meses sus impuestos, su hipoteca, sus multas de tráfico y su recibo de la luz constatan que cumplir con la ley es también cuestión de tamaño. La conclusión es desasosegante: si eres lo suficientemente voluminoso, tal vez te puedas fumar las normas. A lo largo de la batalla eléctrica todos se han querellado contra todos. Y al final no ha pasado casi nada. En la misma semana en que se acuchillaban a denuncias en la Audiencia Nacional, E.On y el tándem hispano-italiano se aprestaban a negociar un acuerdo secreto de reparto de Endesa. Por su parte, la Unión Europea volvió a dar cuenta de su enorme pegada: ha amenazado media docena de veces a España con llevarla a los tribunales por poner trabas a la libre competencia, pero el Gobierno ha continuado manillando bajo cuerda sin despeinarse. Los organismos reguladores, la Comisión Nacional de la Energía y la CNMV han sido manejados como un yoyó por el Ejecutivo. Los dos grandes partidos han convertido un asunto económico, técnico y estratégico en munición para la soporífera (¿estéril?) refriega cainita de PP y PSOE. Pasmoso ha estado el PP, que se puso de uñas cuando Endesa iba a ser de Gas Natural (¡cielos, los catalanes!) para acabar haciéndole la ola a la opción alemana. Envueltos en la bandera española, terminaron apoyando la causa teutona. Brillante también Zapatero, que a costa de salvar la españolidad de la joya de nuestra corona energética ha conseguido medio italianizarla... ¡y trocearla! Lo peor del fin de fiesta es que deja, otra vez, la sensación de que Europa -salvo el Reino Unido- no se cree sus propias leyes de mercado. Enel y E.On no dejan de ser los campeones energéticos del nacionalismo económico de Alemania e Italia. España, por su parte, ha jugado a tantas cartas que sale del brete con uno de nuestros ases clásicos: la chapucilla. (P. D. Pero la jornada dejó otro caso aún más hondo de normas de goma: la calamitosa decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos de validar la barbaridad de Guantánamo. Si las democracias no se creen sus propias leyes, pocas lecciones morales pueden dar).