CAMINABA con un amigo. Hablábamos de los efectos negativos de un cambio de ciclo económico: aumento del precio del dinero, desplome de las hipotecas, del consumo interno, de la construcción, del ahorro, de la oferta de empleo. Imaginamos un escenario pesimista: al aumento del paro se añadían los desahucios hipotecarios, el incremento del gasto social, asistencial y sanitario. Y los jóvenes, en un botellón infinito, evitaban afrontar su realidad. Los inmigrantes lo pasaban peor. Pero los políticos seguían discutiendo de sus intereses, de sus cosas, de sus declaraciones, de sus insultos. Y miraban para un país rico que ya estaba dejando de existir, porque ellos, en la abundancia del dinero público (el nuestro), podían seguir despilfarrando, cuando no incrementando su patrimonio. El presidente hablaba de la elevada «renta per cápita por habitante» para demostrar la bonanza económica. Seguimos caminando, intentando romper el maleficio del pesimismo por otra visión más optimista, pero al quedarme solo, la imaginación se me fue de control Y trasladé el pesimismo a la Galicia del futuro. Veía un país instalado en la austeridad del consumo y en la nueva subvención social. Y la mente me llevó a la acrópolis de la posmodernidad: al monte Gaiás. Allí la Ciudad de la Cultura era ya un monumento del pasado, de una época alegre, confiada, pero también irresponsable (la actual). Como una renovada Belle Époque del sigo XXI. Autobuses de jubilados entraban en el nuevo Obradoiro para distraer sus horas muertas en unas tecnologías ya obsoletas. Así sumaban ochocientos mil visitantes al año. El nuevo centro de peregrinación posmoderno estaba funcionando, pero la Xunta de entonces, como no podía pagar los gastos, debatía sobre quién tuvo la culpa. Unos decían que los otros; otros decían que los unos. Al pie de la acrópolis, unos jóvenes iban al Lavacolla low cost, para comprar un billete hacia el futuro; los menos jóvenes subían al AVE del progreso para seguir yendo a Benidorm, y en la basílica apostólica el botafumeiro elevaba al cielo restaurado de la bóveda catedralicia el incienso de las rogativas. El estancamiento económico nos hacía mirar al turismo para complementar las rentas que los veranos del cambio climático nos aportaban. Los nuevos empresarios habían contribuido a crear nuevos horizontes, pero insuficientes. La Ciudad de la Cultura seguía allí como un símbolo de lo que no debía haber sido. Desperté del sueño, y, ¿quién me lo iba a decir?, me sumé al botellón, ansiando burbujas de optimismo, pero, por mi edad, sólo con gaseosa.