LA IRRITACIÓN que podrían provocar entre la población los efluvios del buque holandés no ha llegado a tierra. Pero sí hemos localizado ya más de un insolidario irritante, quizá porque basan su temor en atribuirles poca credibilidad a quienes gestionan la crisis. Se han destacado varios alcaldes, algunos emparentados ideológicamente con el bipartito de la Xunta, pero ha habido más movilizaciones locales cuyos promotores no querían dar facilidades para recibir, eventualmente, el barco. Y ésta sería la mejor solución, que el Ostedijk fuera trasladado a un puerto gallego, tanto según ecologistas como según expertos. Por fortuna, el sentido común de los simples observadores de lo que pasa y las opiniones cualificadas coinciden en que la tranquilidad de una infraestructura portuaria sería siempre más aconsejable que realizar la operación reparadora en alta mar. «No es fácil asumir que lleven el barco cerca de nuestra vivienda», razonan los ecologistas de Adega. Si en estas circunstancias, con un barco que nos han dicho por activa y por pasiva que no ofrece peligro, los líderes locales rechazan la estancia del transporte en su puerto, y el gabinete de crisis nos hace sospechar que la decisión de haberlo movido por ahí ha obedecido más a no provocar irritación ciudadana que a la aplicación de la fórmula más conveniente para resolver el caso, ¿qué cabe esperar en otros supuestos? Con el accidente del Prestige se planteó una y mil veces la creación de un puerto refugio, que ha quedado en nada, como tantos y tantos proyectos reclamados entonces. De intentar viabilizarlo en algún momento, de presionar con acierto sobre la Unión Europea, ¿quién le pondría el cascabel al gato, qué responsables públicos se atreverían a decidir sobre su ubicación más idónea? No adivino dónde estará el político que podría despejar esta incógnita en nombre de aquella vieja utopía que llamaban en tiempos el bien común. Eso sí que es una catástrofe para el país.