JRJ

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

04 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

APARECEN las cartas boca arriba de Juan Ramón Jiménez y los diarios de su mujer, Zenobia. Se cumple medio siglo desde que el Nobel señaló con su dedo inmenso al poeta de Moguer. Después sólo Aleixandre y Cela llegaron a ese podio. Poeta mayor, chupó exilio. Tiene libro sobre la manzana de NY, como antes Lorca y más tarde Hierro. Hombre hiperestésico, le costaba respirar entre metáfora y metáfora. Él mismo dice que viajó a través de su obra, desde el modernismo de capa y antifaz hasta la poesía desnuda, «mía para siempre». Es muy de los poetas empezar nombrándolo todo y terminar por escribir lo justo, lo esencial. ¿Quién no se aprendió de memoria en el colegio el inicio de aquella prosa poética sobre un burro: «Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón». JRJ no es generación del 27, porque él solo fue una generación. Mucha poesía de baratillo bebe a tragos de él. De su amaneramiento inicial, enamorado de Rubén Darío, y de su ecuación final, enamorado de sí mismo. En el medio quiso ser vate y filósofo en el mismo verso: un intelectual de la estrofa. Residió en Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico, como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia, que pondría De Biedma. Enjuto de cara y de barba escasa, su estampa tenía algo de Quijote. Sus ojos sabían mirar a través. Resistía por su obra y por obra de Zenobia, su lazarillo. Fue su mujer quien sostuvo de pie a quien le costaban un mundo las cosas de cada día. Tuvo crisis nerviosas que lo tiraban en una cama, la bala de la mirada, detenida en el techo. Escribía con jota porque le daba la gana. Nunca tuvo hijos. Fue siempre un niñodiós . Vivió 76 años cansado. Era un poema de hombre. Su poesía se hace nueva cada verano. Hoy hay un grupo de rock que se llama Platero y Tú. cesar.casal@lavoz.es