OCTUBRE me regaló en la mañana todos los colores del otoño desperezándose por la chaira, pintando de ocres Abadín y salpicando de malvas A Xesta. Por el valle el sol es de cobre labrado por un orfebre antiguo que se asoma a la algarabía cabalar de As Sanlucas, y Mondoñedo despierta a la fiesta poniendo músicas de alborozos al silencio. Regresaba buscando el tesoro de los sueños adolescentes que oculté otra mañana lejana en la gaveta donde escondí los recuerdos mas queridos. Y viajé cabalgando fantasías como quien sobrevuela la mar a lomos de la oca voladora que desvela el misterio de don Loureiro, también llamado Leonardo. Y todo estaba tal como yo quería verlo. Nada había cambiado. Tal vez el acento mercader de los vendedores de aperos, de objetos de cuero y demás artesanías, de chamarileros y voceadores, de ropavejeros y otros feriantes, era distinto. No estaban los que envolvían la suerte en papeles de colores que un pájaro portaba en su pico, ni había ciegos que cantaran los crímenes mas horrendos, y los ópticos de silveira ya no exponían sus lentes de ver, y fueron sustituidos por rapaces que vendían gafas de sol de reconocidas marcas auténticamente falsas. Pero según subías hacia los Remedios se perfumaba la mañana con los olores tradicionales de las empanadas de prebe, del pan recién cocido de centeno y millo, de los aromas de bicas y tartas, de pasteles populares. Tal como lo había dejado cuarenta años atrás. Y de gala la feria que cumplía ocho siglos y medio, se pobló de caballos como si el bosque brotara en la ciudad. Y el cabalar, tan del gusto de Cunqueiro, perfiló al trote la memoria campesina, y lipizanos y percherones de Bretaña, cartujanos mimosos, cabaliños mostrencos de las sierras del Buyo y del Xistral, caballos del país de los caballos que engendra el viento, mulas castellanas del color del azabache, asnos zamoranos y argelinos, pollinos da Mariña, juntos en feliz compaña llevando la foto fija a un extramundi del que pude gozar sin echar mano de la imaginación. Y Galicia enteira, la que no se asoma al mar, la popular y campesina habitando un himno antiguo, de fiesta y feria. Mañana de As Sanlucas, con un regusto de aguardiente de castañas y saudades de un tiempo que suponía oculto en algún pliegue amable de la memoria. Me estabas aguardando y tocó para mí la Paula, la escuché desde el Concello cuando un foguete subrayó el ángelus. Y estoy seguro que no han de pasar tantos años y he de volver cuando octubre decrete la fiesta del evangelista y Mondoñedo vuelva a convocarnos.