NO me agradan los perros. Ni los gatos. Ni los loros. No me agradan las mascotas. El motivo es sencillo. Me resulta muy difícil relacionarme con los seres humanos como para intentarlo con los animales, con los que no me puedo sentar a tomarme un café para charlar. No soy tonto y muchas amigas me han demostrado que es más fácil tratar con un perro que con un hombre. Son más fieles. Pero, aun así, prefiero mantenerlos a distancia. Esto viene a cuento del agresor del pastor alemán en Aguiño. Las imágenes duelen tanto que se hace difícil hablar de ellas. La crueldad al desnudo daña de forma especial. Y para siempre. La memoria es una caja negra, un pozo sin fondo. Es evidente que en el caso de Aguiño el animal era el dueño, no su mascota. Me da igual que el hombre sea muy querido por sus vecinos. Lo que hizo es un horror. Tiene que haber otras formas de vengar la muerte de una gallina. A palos sólo se provocan heridas, de las que nunca curan del todo. Lo peor de este asunto se lo llevó el animal. Y más tarde los gallegos, todos nosotros. No sé cómo, pero la culebra mediática fue a por nuestra yugular. Alguien en Aguiño apalea a un animal y, en seguida, resulta que es culpa de los gallegos. Se oyen y leen barbaridades como que los gallegos somos primitivos, casi bestias que no tienen educación, que comemos raíces y que aprendimos a leer y a escribir de milagro a la luz de los incendios. Vamos, por favor. Tipos que bebemos aguardientes extraños para estar siempre borrachos y que creemos en la Santa Compaña. Que un hombre de Aguiño se haya comportado como un bruto no quiere decir que los de Aguiño ni los gallegos seamos unos brutos y unos ignorantes. En Murcia también hay brutos e ignorantes. Y en Alabama. Los delitos nunca se explican por el lugar de nacimiento. cesar.casal@lavoz.es