Trenes de antaño

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

LA DESCRIPCIÓN de las líneas ferroviarias gallegas que se hacía en este periódico el pasado domingo debiera hacerles pensar a nuestros gobernantes en el extraordinario déficit de comunicaciones que ha acumulado Galicia en los últimos veinticinco años. Hemos tenido los mejores discursos, las más contundentes promesas, pero los tiempos que nos separan por tren de Madrid, Barcelona, Bilbao y Oporto no se han alterado. Ellos son la constante que define, paradójicamente, nuestro progresivo alejamiento de toda modernización del sistema ferroviario, patente en los interminables viajes que se nos siguen ofreciendo (17 horas le lleva al «Shangai» hacer Vigo-Barcelona). Nos consuelan diciéndonos que todo esto es consecuencia de concentrar la mayor parte de la inversión ferroviaria en el AVE, que nos situará -cuando llegue- en el mundo de la alta velocidad europea. ¿Y el retraso acumulado en el último cuarto de siglo? ¿Y las promesas incumplidas? ¿Y las que se van a incumplir en el futuro? Nuestros gobernantes hablan y hablan, y lo hacen razonablemente bien, pero luego llegan los retrasos, también acumulativos, y el resultado sólo genera más escepticismo: las conexiones convencionales no mejoran y el AVE se demora una y otra vez. En 1992 se inauguró el AVE Madrid- Sevilla, ¡hace ya 14 años!. ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para que Galicia goce de similares prestaciones ferroviarias? No se trata de ceder a sectarismos ideológicos y dedicarse a adjudicar culpas a unos u otros, como hacen algunos políticos con pereza intelectual y poco respeto por los ciudadanos a los que representan. Se trata de reconocer la situación y demandar del Estado las atenciones debidas (y cuando digo debidas digo debidas, a juzgar por lo que no se hizo en su momento). Ignoro si la denominación «deuda histórica» ha pasado de moda o ya no está en uso. En cualquier caso, una deuda histórica es la que se genera cuando un Estado que se titula solidario se olvida manifiestamente de una de sus partes. Que se suban nuestros políticos al tren de museo UT 440 Vigo-León y que nos digan. Y que luego cumplan lo que nos digan. Porque nuestro pueblo no se hizo escéptico de la noche a la mañana por vocación o por capricho. Han sido y son las esperanzas frustradas, las postraciones y relegamientos consentidos los que explican la actual desconfianza. Ya no estamos en el «mexan por nós e hai que dicir que chove» de Castelao, pero seguimos parados en la estación esperando un tren que no llega o tarda demasiado. No más promesas contradictorias ni más inmovilismo. Se trata de que el futuro no sea un calco del presente. Porque obras son amores y no buenas razones.