Despedida

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA | O |

27 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

HE VISTO sus caras de sosegado desconcierto este fin de semana en Foz, San Cosme de Barreiros y Ribadeo, y antes en las Rías Baixas. Las caras de quienes, mientras recogen perezosamente sus cosas para el retorno, todavía no consiguen explicarse que su mes de vacaciones haya sido tan corto. ¿De verdad ha pasado ya? La sensación de amargura quizá es más visible en los que pertenecen a ese 85% que no trabaja en lo que le gusta. Y se entiende. «Esto de las vacaciones es un engaño, una estafa; aún no han empezado y ya se acaban», dicen con el tono de tranquila desesperación que el filoanarquista Thoreau aconsejaba para afrontar la vida. Y siguen recogiendo sus cosas. «Hemos cargado las pilas», se consuelan, como si fuesen justamente eso: pilas recargables. Hay algo de robot en sus movimientos. Se van descansados y recuperados, pero temen que, como en otras ocasiones, los quince primeros días de septiembre sean duros y deprimentes, incluso depresivos. Lo recuerdan de años pasados. Uno de ellos me pregunta con ironía: «¿Estás seguro de que esto de las vacaciones ha sido una gran conquista laboral?». Ahora le parece un logro raquítico, insuficiente. «Son como el primer paso del hombre en la luna: algo pequeño para un ser humano, aunque sea grande para la humanidad», razona. Pero todo es inútil: hay razones que el corazón no entiende. Y su corazón -y toda su alma- se rebelan contra la idea de partir. ¡Tantas ilusiones cuando vino y tan pocas cuando se va! «No me ha dado tiempo a nada», se lamenta. Pero sonríe. En el fondo sabe que es un privilegiado. Se ha dormido varios días viendo en la tele la llegada de los cayucos y la denodada lucha de los vecinos contra los incendios. Él no es un desheredado de la tierra. Es solo alguien que termina sus vacaciones y se queja de que no sean más largas. Nada más.