EL SABIO Teofrasto lo decía así de fino: «Vitam regit fortuna, non sapientia». Pero los castellanos, más directos, se hacen entender mucho mejor: «Fortuna te dé Dios, hijo, que el saber con poco basta». Esa suerte de Dios, que los cristianos llamamos providencia, es la que me permite saludarles otra vez después de una semana de ausencia, que, aunque no es mucho tiempo, es la distancia más larga que me separó de ustedes desde hace dieciséis años. Y puedo jurarles que es verdad: que todo lo que sé -mucho o poco- de nada me sirvió en este trance, mientras sentía una mano poderosa que, tirando del esternón y las costillas, nos tuvo anclados a la vida. Nosotros sólo tuvimos que invertir tres segundos en abrochar el cinturón. Lo demás ya se sabe: «Vitam regit fortuna¿» Pero yo soy politólogo, y no moralista. Y mientras estaba en ese mercado persa que son las urgencias del Hospital Universitario de Santiago -donde se hace la mejor medicina del mundo en un precioso gallego normalizado- estaba aplicándole el cuento a los incendios forestales, a la marea de cayucos que llega a Canarias, a la tregua frágil y maltrecha que nos dio ETA, a las brigadas aerotransportables que preparan su macuto para ir al Líbano y a tantas otras cosas. Porque aunque a mí y a mis hijos nos hubiese gustado que nos empezasen a fuchicar en el cuerpo dos segundos después de entrar por la puerta de urgencias, seguramente hicieron bien tomándose su tiempo en el diagnóstico y en la correcta jerarquización de nuestras necesidades, evitando medidas inútiles o contraproducentes que sólo sirviesen para contentar a una pequeña parroquia de siareiros compuesta por el matrimonio, los hijos, la familia y los amigos. Y la política se parece mucho a un hospital. Cuando un país entra en los palacios del Gobierno por la puerta de urgencias -quemado, plagado de cayucos, con sarpullidos militares o con treguas llenas de pus-, sería bueno que hubiese un servicio de urgencias que, antes de pasarlos a planta, serenase el proceso, estableciese con claridad los diagnósticos, mandase las camillas a la sala de observación, y evitase cualquier medida precipitada o demagógica que, para curar una herida, abra primero otra mayor. A poco que ustedes se fijen verán la prensa llena de diagnósticos elementales, de palos de ciego, de respuestas precipitadas, de promesas y medidas más calculadas y de remedios que son «pan para hoy y hambre para mañana». Porque la democracia mediática tiende a que los políticos desenfunden más rápido que los pistoleros, y porque la carencia de un buen sistema de observación y enfriamiento nos lleva a que los recursos se dispersen y los malos remedios se multipliquen.