El extranjero

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

NO VOY a referirme a la obra maestra de Camus, ni siquiera a la canción de Moustaki. El extranjero que motiva este artículo es la primera acepción de la voz, que yo traslado al deseo del viaje para el común de los mortales que anhelan trasladarse allende las fronteras patrias. Sofocados los incendios y sosegado el debate que aún permanece aplazado sobre los orígenes del fuego y el papel de los políticos responsables, leo en las mañanas del mes de agosto, arropado por el dolce far niente, estadísticas turistas de viajeros que van y que vienen. Una vez más los datos nos sitúan en récords de visitantes, y el turismo de salida ha crecido este verano en paralelo. Los españoles hemos descubierto el placer de los cruceros, que nos estuvo vedado hasta hace, como quien dice, un cuarto de hora. Y en este momento las vacaciones en el mar -¿se acuerdan de aquella vieja serie de la televisión?- son una conquista popular de las clases medias españolas. Llenamos las gigantescas naves que navegan por el Caribe, el Mediterráneo y el norte de Europa. El extranjero ya no es lo que era, está a la vuelta de la esquina y, como el viejo Nodo, «al alcance de todos los españoles», que hemos hecho de ciudades míticas como Praga una capital de provincias de la Península. Ir a Praga es como viajar a Segovia o pasar un fin de semana en Burgos. En las calles de la vieja Europa se habla en español. Estos últimos veranos se han puesto de moda Vietnam y la India, China y los más exóticos países del África profunda. Stanley buscando a Livingstone se transmutarían hoy en día en Pérez o García, pongo por caso, en el momento de encontrarse. Madrid ya no es Baden Baden en verano. Baden Baden es Madrid, ciudad que como bien saben, se vacía cada agosto y sus habitantes corren enfebrecidos hacia todo tipo de destinos, ya sean nacionales o se sitúen en lo que antes llamábamos el extranjero. Añaden las estadísticas que el crecimiento de visitantes no corre paralelo al gasto turístico. Es un turismo que mira los euros que gasta y gasta muy poco. Caso distinto sucede con los españoles que visitamos otros lares. Somos los más rumbosos, los gastos realizados por el colectivo de viajeros españoles cuando salimos de los limites de este viejo país de países, son los más altos de entre los viajeros de la UE. Compramos de todo. Las estadísticas que traen los diarios anuncian que entramos en el tiempo de descuento de unas vacaciones que como las letras bancarias vencen a plazo fijo. Sic transit gloria mundi, el espejismo no era tal, y los veinte días de este agosto ya han concluido. Y el viajero pasa indolente la página y se encuentra con el reportaje que señala la depresión que genera la vuelta al trabajo. Le suena, para sí, a que ya lo ha leído, y piensa que el extranjero y él mismo son ya otra cosa. Razón no le falta.