Laxeiro

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA | O |

20 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

ES DIFÍCIL discutirle un puesto cimero en la pintura gallega por el genio y la autenticidad de su obra. Hace hoy diez años que el pintor Laxeiro ha muerto, y desde entonces su memoria no ha hecho más que acrecentarse y afirmarse entre nosotros. La memoria de un hombre que puso en pie una obra memorable, que dialoga admirablemente con la de sus venerados Tiziano, Brueghel, Goya o Picasso. Pero, sobre todo, Laxeiro dialogó con la Galicia de siempre, con la de los orígenes -hay una memoria megalítica en su obra- y con la de romerías y carnavales plagados de erotismo de su tiempo. Su obra es un hilo umbilical con esa tierra de la que emanaba su fuerza y su visión del mundo, sin que cambiase nada por vivir en Buenos Aires o en Madrid. Desde que un día un loco llamado O Laranxo lo golpeó con una lata en la cabeza y le dijo: «De hoxe en adiante non serás barbeiro, serás pintor e haste chamar Laxeiro», aquel mozo de Lalín declaró la pintura como el territorio en el que se iba a medir consigo mismo y con los demás. Nacido el 23 de febrero de 1908, se fue con 13 años a Cuba (con su padre) y regresó a los 17. Deambuló como barbero de feria en feria, hasta que unas ayudas económicas del Concello de Lalín en 1931, y de la Diputación de Pontevedra al año siguiente, sellaron su destino como pintor. En 1951 se marchó a Buenos Aires y colgó un letrero en su estudio que decía: «Laxeiro, pintor. Aquí estou lonxe da terra». Regresó a finales de 1960, y una exposición en la galería Biosca (1968) lo consagró y puso en valor los grandes pasos exploratorios y renovadores de su pintura. Cuando murió, en julio de 1996, nadie dudaba de que Galicia había perdido al pintor que mejor la encarnaba y representaba. Por eso su imagen permanece tan viva y tan próxima, a pesar del decenio transcurrido desde su muerte.