El día más largo

La Voz

OPINIÓN

LOS ALIADOS DESEMBARCAN EN NORMANDÍA Inglaterra se vació de soldados la noche del 5 de junio. Los aeródromos se quedaron sin aviones. Los puertos, sin barcos. Todo se aclaró con el primer boletín de la BBC: «Esta mañana temprano unidades de los Ejércitos aliados han iniciado su desembarco en las costas de Francia».

05 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Fue Dwight D. Eisenhower, comandante en jefe de aquel desembarco que entrañaría la mayor operación anfibia de la historia, quien dijo que «siempre hay que hacer planes, aunque no salgan». Aquel, sin ir más lejos, estuvo a punto de no salir, y tardó en alcanzar sus mejores propósitos algo más de lo que se pensaba. Los alemanes, engañados y confundidos, fueron, no obstante, capaces de presentar una resistencia que convirtió los días en semanas hasta que los aliados pudieron consolidar sus cabezas de puente en el continente e iniciar el avance sobre París. En aquel engaño y confusión de los alemanes tuvo mucho que ver un español, el catalán Juan Pujol, espía al servicio del Reino Unido desde 1942, creador de toda una red ficticia de agentes en el Reino Unido al servicio del Tercer Reich, con la que logró persuadir a Hitler de que el desembarco que esperaba y temía tendría lugar sobre Calais en lugar de producirse en Normandía. El truco tuvo éxito gracias, entre otras argucias más o menos ingeniosas, a los aeródromos de pega con aviones de cartón descritos por Ken Follet en su novela The Eye of the Needle, con los que se hizo creer a los nazis en una operación aérea y septentrional. La novela se publicó en 1978, pero Juan Pujol, alias Garbo, aún debió esperar hasta 1984 para que su Alteza Real el Duque de Edimburgo le recibiera en Buckingham Palace en una audiencia privada para agradecerle los servicios prestados a la causa de la libertad. Hacía cuatro años de la retirada franco-británica en Dunkerque, y Churchill no había dejado de contar un solo día de los que le faltaban para vengar aquella afrenta. Ahora tenía al alcance de la mano aquello que prometiera en noviembre de 1942, con motivo de la batalla en el norte de África: «Esto no es el fin de nada. Ni siquiera es el principio del fin, aunque puede que sea el fin del principio». A lo que añadió: «Antes de El Alamein no conocimos la victoria. Ni la derrota después de El Alamein». La victoria en las playas de Normandía exigió poner en las aguas del Canal de la Mancha todos los barcos de los que se disponía, del tipo y el modelo que fuese, con tal de que pudieran transportar soldados y hasta varios puertos por piezas. Esos puertos artificiales fueron una de las razones de la victoria aliada, sin que se pueda decir lo mismo de las divisiones de paracaidistas, inutilizadas bajo el fuego enemigo hasta que recibieron el apoyo de la infantería. Los alemanes lucharon entre la confusión ante lo inesperado y el anquilosado despiste de lo que pudieran haber sido sus refuerzos. Pero su defensa fue encarnizada y las aguas de Normandía se tiñeron de la sangre de británicos, franceses, americanos, canadienses, polacos y de cuantos decidieron verterla en el avance más decisivo sobre el corazón del Reich. A comienzos del mes de agosto, el Tercer Cuerpo de Ejército americano rompió las líneas occidentales alemanas. Poco después las fuerzas británicas desbarataron el Séptimo Ejército alemán. El 25 de agosto París fue liberado.