SUCEDIÓ el Viernes Santo, día de prodigios, en Carril, villa arousana conocida por sus sobresalientes almejas. De buena mañana surgió de las aguas un inquietante aparato sonrosado que, después de descubierto y analizado por dos chavalotes, levantó voces de asombro más allá de la parroquia. «¡É unha pirola!». Dicen, quienes le echaron un ojo y algo más a la supuesta punta del remate de la barriga, que aquello, efectivamente, tenía todas las trazas de ser lo que parecía. No era la cosa para echar cohetes, puesto que sus dimensiones apenas sobrepasaban las de una uña. Pero una pirola es una pirola, al fin y al cabo. Había tema. Reuniéronse las autoridades y decidieron que lo mejor sería poner la cuestión en manos del Hospital do Salnés. Así pasaron las horas, entre sesudos debates, sin que, por una parte, nadie reclamase tamaña pérdida, ni, por otra, los médicos llegasen a conclusiones determinantes. En Carril, algún mariñeiro, nervioso e imaginativo, estuvo a punto de sufrir un pasmo al confundir una roca con el otro extremo del cimbelillo, es decir, con su propietario sumergido. Hay quien asegura, a todo esto, que se trata de una tripa de ouxa, especie de águila marina aficionada a los cangrejos. Lo bonito del asunto es su conclusión abierta. El gallego, cuando no se pone de acuerdo, suele mirar hacia Madrid. Y allí acabó el disputado adminículo. Ha transcurrido ya un mes y la capital sigue muda. Mientras el referente madrileño se desmorona, la leyenda crece en la ría de Arousa.