Dioses

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

ES UN LUGAR casi común en la historia de América el hecho, probablemente ficticio, de que al ver llegar a los primeros conquistadores, los indígenas pensaron que los dioses se les echaban encima. Convertir en experiencia religiosa aquella trepidación resuelta con la victoria, la derrota, la humillación y el dominio, puede tener una gracia que depende de quien se la sepa encontrar. Más curiosa y sugestiva resulta la evidencia de que, al cabo de los siglos, los americanos del norte hayan puesto a Dios en su papel moneda, y los del sur sigan, de un modo u otro, dándole vueltas a la teología de la liberación. Eso puede querer decir que los del norte han fijado su visión en el papel moneda, y que los del sur aún no han encontrado el modo de inmovilizar su alucinación, de encontrar para ella un lugar y un retrato. Son cosas que en Europa pasaron a lo largo de la Edad Media y dejaron una huella probablemente indeleble y mucho más circunspecta. En Asia no pasaron porque cuando el asiático decide pensar en un dios, se mira el ombligo. En Australia los dioses son una canción, de manera que tampoco. Y en África no se sabe si pasaron o dejaron de pasar. Lo único que se conoce a ciencia cierta del africano es que sabe que se puede morir en el momento más inesperado, y eso es una sabiduría que no deja tiempo para otras cautelas. A lo que iba es a la ceremonia con la que Morales tomó posesión de la presidencia de Bolivia. Apareció vestido de hombre radiante en una explanada donde los hombres-medicina de su pueblo realizaron los rituales y liturgias idóneos para poner a aquel hombre en su punto y las cosas en su sitio. A eso se le llama ordenar el universo. Y da igual que se lleve a término en la dimensión de unos círculos concéntricos de labriegos emplumados y guerreros cuyo armamento consiste en lo que sepan recitar, que en la envergadura de un destacamento de la Guardia Suiza y entre las filas de unos purpurados que también recitan. La diferencia estriba en que la toma de Morales es una insinuación de que el discurso de la política busca en Sudamérica el modo de abandonar la ideología y abrazar la cosmogonía. Al lado de ese alarde de indigenismo, Chávez no pasa de ser un criollo que vive envuelto en la capa de Bolívar y sueña con su espada. Por no hablar del subcomandante Marcos, un retal de arpillera que fuma en pipa.