MIENTRAS Sharon confiaba su victoria a los misiles de alta precisión, mientras Bush hacía su guerra para matar moscas a cañonazos, y mientras la Unión Europea navega a dos aguas, confundiendo sus definiciones con la realidad de los conflictos, Hamás recorría con precisión el camino de las urnas, y con una victoria aplastante en las elecciones palestinas deja en ridículo todo el dispositivo militar y diplomático desplegado por Occidente y por el Estado de Israel. La insistencia en el principio de no hablar ni negociar con terroristas es un recurso retórico que ya no tiene sentido, porque lo que acaba de decir el pueblo palestino es que le importan un bledo las listas de «malos» redactadas por la Casa Blanca, y que donde nuestras miopías e intereses ven un grupo terrorista, ellos sólo ven el último recurso de un pueblo acosado y martirizado hasta la desesperación. Para nosotros puede ser evidente que Hamás es una organización de doble cara, con la política por delante y las bombas por detrás. Pero para los millones de palestinos que fueron desposeídos de su patria por la fuerza de las armas, para los que se sienten encerrados en un campo de concentración por el muro de Sharon, y para los que entierran a sus hijos ametrallados por un carro de combate cuando iban a tirarle una piedra, la organización Hamás no es otra cosa que una propuesta política que tiene detrás un ejército pobre y mal amañado, que no mata más ni peor que el ejército israelí, aunque mate con menos sofisticación. La victoria electoral de Hamás demuestra que estábamos en Babia sobre lo que ocurre en Israel, que otra vez hemos confundido nuestras definiciones y perspectivas con la realidad de las cosas, que hemos escogido mal los amigos, que no nos dimos cuenta de la ruina moral y política de Al Fatah, y que somos incapaces de entender nada que no sea nuestro interés, nuestra cultura y nuestro ombligo. No reconocer la legitimidad de Hamás sería repetir el error que cometimos en Argelia. Y reconocer la legitimidad de Hamás significa tanto como envainar los dogmas de la guerra contra el terror, comer sin sal ni azúcar las listas de terroristas construidas a la medida del líder americano, y empezar a hablar de la tierra y sus gentes con una base de realismo y de justicia de la que ahora carecemos. Por eso es tan falso decir que la mayoría absoluta de Hamás pone el Oriente Medio al borde del colapso. Porque hace sesenta años que todo aquello está al borde del colapso, y porque los únicos que han quedado desairados son los que creyeron que, ignorando a Hamás, definiéndolos a nuestra medida o impidiéndoles hacer política, se cambiaba la dura realidad del problema palestino.