AMANECE un soleado domingo de verano. Hace calor. Mucho calor. A pesar de que, como siempre, la noche anterior el Telediario de la Primera había colocado sobre Galicia nubes y lluvia en el mapa del tiempo. Nunca dan una. Recoges la prensa de la entrada y muerdes los dientes sabiendo que pronto llegará la fatídica pregunta de tu mujer: «¿Vamos a la playa?». Es curioso, pero nunca suena a pregunta, sino a orden irrevocable. Te has negado tres fines de semana seguidos a costa de enormes mosqueos familiares, así que esta vez no te queda otra que levantar la cabeza, sonreír y vocalizar sumiso ese gran clásico: «Sí, cariño». Empieza el infierno. La movilización es equiparable a la de un ejército antes de la invasión. La bolsa con las toallas, las sillitas, la sombrilla, las cremas, los libros y revistas, los bocatas, tortillas y demás viandas, la bolsa de la niña con sus pañales, mudas, toallitas, biberones, botellas de agua, el túper con el puré de la comida, el potito de frutas de la merienda, las galletas y los yogures. Te olvidas de algo, pero ya no queda tiempo y emprendes camino. Llegas a la playa y colocas todo. El calor asfixia, pero el agua está helada y no reúnes valor más que para meter los pinreles. Te llenas de salitre y te rebozas en arena como una croqueta. Te quemas y la niña te da el día. Agotado, atardece y toca recoger todo. La niña llora, el coche se pone perdido por dentro y por fuera. Te chupas una caravana de aúpa y te enfadas con la mujer. Un día maravilloso.