Hagámonos un favor

OPINIÓN

DESDE LA CORTE

08 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LOS ATENTADOS de Londres han tenido varias consecuencias en España. Han avivado la memoria del 11-M. Han reabierto heridas. Han servido para comparar las actitudes políticas. Han borrado, creo que definitivamente, las sombras de duda que pudieran quedar sobre la autoría intelectual de nuestra tragedia. Ahora es el tiempo de recordar aquella frase de Aznar sobre «las lejanas montañas y los lejanos desiertos». Quienes planificaron ambas matanzas quizá no estén, efectivamente, tan lejos. Pero son los mismos. Y con el mismo mensaje en sus mochilas de muerte: es una venganza por la participación o el apoyo a la invasión de Irak. Lo peor que nos puede pasar colectivamente al recrear el recuerdo del 11-M es que hurguemos en la sangre, tratando de descubrir otra vez quién ha sido más perverso: el poder de entonces o la oposición. Entre otras razones, porque nadie puede presumir de un ejercicio ético superior al adversario. Ponernos ahora a mortificarnos con una comparación con Tony Blair o sus oponentes no hará más que contribuir a la confrontación política que ya estamos sufriendo y que la Comisión parlamentaria fue incapaz de superar. Hagámonos, por tanto, el favor de situar las cosas en su escenario. No se puede comparar la magnanimidad de la oposición inglesa con la actitud exigente de la española, porque entonces estábamos a tres días de unas elecciones. Será lamentable, pero es lo habitual: la proximidad de las urnas lo manipula y condiciona todo. Tampoco se puede comparar la serenidad británica con la pregunta de «¿quién ha sido?» que se hizo en la manifestación de Madrid, porque aquí había dudas razonables de la autoría. Aquí teníamos una ETA que había intentado atentar en la estación de Chamartín y había intentado meter quinientos quilos de dinamita en Madrid. Y esa duda llegó, como parece razonable, al Consejo de Ministros. Tampoco me parece acertado recrearnos en la triste pregunta de entonces de qué autor beneficia a qué partido, porque todos la hemos hecho, y no creo que haya sido inspirada por ninguna fuerza política. Si ha sido un error, ha sido colectivo. Y si ha sido utilizado en acciones y manifestaciones, es por responsabilidad de todos. Felizmente para los ingleses, una vez silenciado el IRA, no tienen por qué tener esas dudas. Y, en cuanto a los comportamientos entre los días 11 y 14 de marzo, habría que decir lo del ilustre jurista y parlamentario gallego: «pasóu o que pasóu». Archivémoslo en la memoria, las urnas hicieron la justicia que podían hacer, y harán la justicia que falte. Blair y los suyos aprendieron mucho de nuestra penosa experiencia. Ahora nos toca aprender de ellos. Pero no hace falta mortificarse. Ellos no son mejores.