Entre presidentes

OPINIÓN

AL FINAL la serenidad se ha impuesto. Después de los eslóganes exultantes de Galicia socialista en la primera noche electoral, Emilio Pérez Touriño reconoce el papel institucional de Manuel Fraga. Tras los improperios de campaña y los afilados cuchillos de algunos líderes populares dispuestos a plantear hasta el último recurso, Fraga asume el resultado electoral. Después de poner precio a Galicia para alcanzar un pacto, el BNG admite la voluntad de acuerdo. El cambio era necesario, no tanto desde el interés de cada opción partidista sino porque cualquier gobierno y gobernante que permanezca más de diez o doce años arrullado por un entorno político que tiende a evitar la crítica y ser indulgente con los errores, acaba perdiendo el sentido de la realidad. En democracia, es una medida saludable propiciar la renovación de mentalidades, programas y procedimientos. A pesar de la actuación en el caso Prestige , del deterioro territorial, que el último Conselleiro trató de paliar, o de las hipérboles y bravatas gestuales, el balance autonómico de la etapa Fraga es más positivo que negativo. Es, en verdad, un saldo con demasiadas cifras y estadísticas que, por cierto, siempre se proclamaron como las mejores, aunque la realidad indicara otra cosa. Falló la sostenibilidad y la dinámica del territorio, faltaron políticas ubanas y medidas reales para frenar la caída demográfica y promover una economía que evitase la salida de la mano de obra más cualificada y facilitase el retorno de los titulados, una vez completada su formación. En un sentido institucional, y lo digo desde mi experiencia personal, Fraga ha sido un presidente de altura. Como alcalde, traté de que él y Felipe González, por su decidido apoyo a la transformación de Compostela, se sintieran partícipes de la gestión y la proyección internacional de la ciudad, y por eso la Corporación, por unanimidad, otorgó a ambos la medalla de oro y el título de hijos adoptivos. En la política de consenso encaminada a construir una capital nueva fue determinante la cohabitación en el palacio de Raxoi, en cuyos salones se resolvía la discrepancia para luego exteriorizar el acuerdo en el balcón corrido que Ayuntamiento y Xunta compartían en los actos públicos. El futuro presidente Touriño ha perdido ya el rictus de tensión de la campaña, e incluso el ademán de anillar los dedos mientras impulsaba las palabras, al estilo Zapatero. Como cualquier persona con cierta timidez, expresa en sus gestos la dificultad de las cosas, y esa espontaneidad dice mucho de un político. Yendo al meollo de la cuestión, PSOE y BNG no tienen necesidad de retransmitir, cual si fuera un partido de fútbol, sus pugnas y reivindicaciones en la negociación. Más bien deberían dedicar las energías a conseguir un acuerdo, del tipo que estimen procedente, para detener el quebranto territorial, implantar una cultura moderna y no rancia y una educación que no caiga en la tentación de cerrar fronteras, esparcir un nuevo ímpetu ciudadano que exija a todos esfuerzo para ponernos en cabeza de la tabla, y el compromiso de gestionar mejor las competencias del Estatuto vigente, al mismo tiempo que se plantea su reforma.