SI para algo sirven los periódicos es para, raramente, resolver problemas. Unas veces solucionan asuntos casi domésticos, como cuando este diario publicó hace unas semanas que unos niños de A Pobra recorrían a pie cada día con su madres doce kilómetros para poder ir al colegio. Fue verlo impreso en algún despacho oficial para que al día siguiente los alumnos ya fueran a clase cómodamente sentados en un autobús. Otras veces, los diarios se enfrentan a entuertos mucho más complejos, como cuando el pasado fin de semana se supo que Comboios de Portugal iba a suprimir la línea férrea que une Galicia con el país luso desde el año 1913. La polvareda levantada por la noticia publicada por La Voz sirvió para que ayer los responsables políticos lusos dieran marcha atrás y anunciaran que sólo se suspenderá el servicio cuando, allá por el 2010, funcione el AVE. Si enviásemos a un ciudadano alemán a recorrer los 70 kilómetros de vía que unen Vigo y Oporto, su resumen del viaje sería concluyente: hay que cerrarla. En pleno siglo XXI, no tiene ningún sentido viajar a poco más de 50 kilómetros por hora por un recorrido más propio de Pakistán que de dos países de la UE. Tampoco invertir más de tres horas en un viaje que en autopista se reduce a poco más de sesenta minutos. Un gallego o un portugués ofrecerían un diagnóstico bien diferente. Esa línea es, para bien o para mal, la única infraestructura ferroviaria transfronteriza entre Galicia y Portugal. Los dos Estados sólo estarán legitimados a enviar los 70 kilómetros de raíles a la chatarra el día en que entre en funcionamiento el futuro AVE entre la segunda ciudad de Portugal y la primera de Galicia. Aunque, a este paso, sin proyecto ni presupuesto, el tren do Sical -bautizado así en honor de la marca de café lusa preferida por los contrabandistas- tiene todavía cuerda para rato.