La cagaste, Burt Lancaster

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

22 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

DESDE siempre, el director general más popular de todos los gobiernos es el de Tráfico. Más que el de la Salud Pública. Más que el que cobra los impuestos, que no sabemos ni quién es. El director de Tráfico es como un ministro dentro del Ministerio del Interior. Es el que aparece en la pequeña pantalla antes de los puentes y las Semanas Santas a crearnos mala conciencia. Para ser un buen director de Tráfico, hay que ser, sobre todo, un agitador. Como Goebbels, pero en español y en demócrata. Como Queipo de Llano, en la toma de Sevilla. Queipo hacía pasar muchas veces sus tropas por la misma calle, para que pareciesen más y acobardar al personal. Pere Navarro, actual director de Tráfico, manda 4.500 guardias a las carreteras, pero él dice que son 8.000, para que parezca que hay un agente en cada maizal. La exageración de efectivos siempre ha sido un arma de propaganda en la guerra sicológica. Pere Navarro, que tiene aspecto de crítico literario de revista progre, está haciendo grandes aportaciones a la seguridad vial. O es muy imaginativo, o tiene un equipo brillante de pensadores. No hay «operación salida» donde no nos sorprenda con una novedad, cada cual más acongojante. La última, salpicar las carreteras de coches camuflados que, en cuanto pisas una raya continua, se despliegan como el coche fantástico y te detienen. No son novedad. Yo los he visto en grandes actuaciones de película en la M-40 de Madrid, pero el señor Navarro tiene la virtud de parecer que los acaba de patentar, siempre como solución definitiva a nuestras torpezas y descuidos. Pero lo mejor de Pere Navarro es su léxico, tan de barrio, tan de Cela, tan asequible al común de los conductores. Cualquier otro director general, al explicar el efecto de esos automóviles sobre el infractor, diría que «ha sido sorprendido» u otros eufemismos propios de gente bien hablada, como suelen ser los directores generales. Don Pere, no. Don Pere es un hombre llano que conoce la sicología del hombre al volante. Don Pere está convencido de que el conductor va a decir: «La he cagado». Si don Pere se pusiera del lado del guardia, seguramente nos diría: «La cagaste, Burt Lancaster». En ese «la he cagado» se esconde toda una filosofía: la filosofía de la rendición incondicional ante el guardia; la aceptación íntima del error, sin posibilidad de recurso; el reconocimiento de la suprema razón de la autoridad, frente al infractor. El conductor no merece siquiera el beneficio de la duda. Sólo le corresponde la función evacuatoria. El guardia y el coche de camuflaje son el laxante. De aquí en adelante hay que salir a la carretera con calzoncillos de repuesto. No sea que se cumpla el vaticinio del director general.