«Un momentito, señor». Son las tres palabras que pronunció Peter Malkin el 11 de mayo de 1960, en Buenos Aires, para detener el último paseo en libertad de Adolf Eichman y, con ello, poner fin a la impunidad de la que gozaba el nazi gracias al régimen peronista. Eichman, confuso e incrédulo, fue inmediatamente amordazado, amanillado y conducido clandestinamente a Israel para ser juzgado por los crímenes que perpetró durante el régimen que sepultó Alemania y a millones de europeos durante el período 1938-45. Malkin, que durante tres decenios prestó servicios en el Mosad y en el Shin Beth (los servicios de seguridad exterior e interior del Estado israelí) murió en la madrugada de ayer en Nueva York, adonde se retiró hace casi veinte años para envejecer en paz y dedicarse a la que era su más íntima y sincera vocación: la pintura. Eichman marcó la vida de Malkin, que acabó purgando la fama de haber sido el ejecutor de una operación que, por activa o bien guardando silencio, avaló medio mundo. Malkin fue otro hombre justo obligado a fregar platos sucios ajenos.