EN ESTE largo y a la vez corto camino que es la vida, el hombre, como ser racional que es, llena los huecos que siente en su persona, satisface el ansia de mejora que le ahoga, sumergiéndose en la búsqueda de «algo más» de lo que tiene, sea lo que sea. Una búsqueda que, como especie y, en su aspecto más positivo, le ha permitido salir de las cavernas para alcanzar la luna, abolir la esclavitud y obtener la libertad de elección del gobierno que quiere, y en su aspecto más negativo e individual, abandonar el placer del lento proceso natural de las cosas para obtener una falsa felicidad inmediata. Esta búsqueda eterna, que empuja tanto al hombre como persona, como a la sociedad en su conjunto, también ha afectado, afecta y afectará a los ciudadanos de este país nuestro. Buscando, hemos superado, no sin dificultades, los casi cuarenta años de dictadura, la transición a la democracia, y la adaptación a la Unión Europea para alcanzar el período más pacífico y próspero de nuestra historia. De país exportador de mano de obra nos hemos convertido en receptor de emigrantes, de nación a la cola de los índices económicos mundiales hemos saltado a uno de los puestos de cabeza, de lugar de atractivo turístico nos hemos convertido en cliente para países en proceso de desarrollo. Y, cuando todo parecía marchar sobre ruedas, la enfermedad del inconformismo sin sentido, disfrazada de búsqueda de identidad, amenaza con sacudir los cimientos de nuestra sociedad en forma de plan: el de Ibarretxe. A estas alturas del proceso evolutivo de nuestra democracia nadie discute que el sistema autonómico necesita ser revisado y actualizado. Resulta incoherente negar la pluralidad nacional dentro de la entidad superior que nos aglutina, que es España. Sin embargo, es más lo que tenemos en común que lo que nos diferencia. Desmembrar una unidad que, con todos sus defectos, nos define e identifica desde hace más de cinco siglos, no sólo es una insensatez de consecuencias impredecibles sino la señal de alarma frente a aquéllos que, lejos de encontrar formas de colaborar para el progreso común, deciden destrozar lo que tanta sangre ha costado. Y eso, ni es plan ni es nada.