AUNQUE el título presagia un cuento navideño, con el Niño Jesús palmoteando ante el pequeño tamborilero, lo que vamos a comentar es el Plan Estratégico de Infraestructuras del Transporte, que acaba de dejar obsoleto el Plan Galicia antes de ponerlo a funcionar. Si usted hace hermenéutica del título -¡plan, rataplán, plan, patán!- verá que es una expresión onomatopéyica de la historia reciente de nuestro país. El primer «plan» es el Plan Galicia, en el que, además de estar incluidas algunas atarjeas para carreteras secundarias, también se hablaba del AVE a Madrid por Lubián, que, de acuerdo con las declaraciones de Fraga, incluso podría tener doble vía y ser eléctrico. También se contemplaban el AVE a Bilbao, la autovía del Cantábrico, el parador de Muxía y otros regalos del cielo de los que ya no me acuerdo. Pero vino el 14-M y se llevó el aznarismo por delante, y el «plan» que inicia nuestro título, también conocido como «Plan Galicia de mier¿», fue sustituido por un «rataplán» al estilo Zapatero. En el marco de la programación de obras públicas, el rataplán es una figura muy novedosa, cuya esencia consiste en que a nosotros nos hacen los planes y a los andaluces los ferrocarriles, a los asturianos los puertos, a los catalanes el AVE de Francia, a los valencianos les remodelan la ciudad para la gran regata, a los zaragozanos les hacen la Expo-07 y a los madrileños los juegos olímpicos. Y así, mientras ellos soportan el ruido de las excavadoras y los martillos neumáticos, nosotros disfrutamos el dulce redoble de la demagogia, que, en vísperas de la aprobación de los Presupuestos, nos recuerda la beneficencia del Estado: «rataplán, rataplán, rataplán». En estas andábamos cuando llegó el solsticio de invierno, que es la fiesta que pone divinos a los laicos y les obliga a adornar el abeto ecológico con los regalos de «Papá Laiquel». Y a los gallegos nos tocó en suerte que nos quitasen de la especificidad del plan y el rataplán, para meternos, como si fuésemos españoles de verdad, en el Plan Estratégico de Infraestructuras. ¿Y qué quiere decir eso? Pues que nos harán las cosas cuando toque, que los plazos pactados ya no valen, y que ya no tenemos nada que reivindicar hasta el 2017. Frente a la improvisación del plan y el rataplán, el plan de Magdalena Álvarez rezuma equidad, racionalidad y eficiencia, hasta convertir en un sinsentido las reivindicaciones localistas que, como piezas de un puzzle, componían los viejos planes. ¿Y el «patán» que cierra nuestro título? El patán, o los patanes, somos usted y yo, que, en vez de actuar como ciudadanos, pedimos el aguinaldo. Es la vieja tradición del Finisterre: plan, rataplán, plan, patán.