LA NAVIDAD ya luce en arcadas y gallardetes, lucería de colores que anuncia y anticipa que el adviento está a la vuelta de unas semanas. A los ingenuos adornos navideños de abetos, renos y papasnoeles , les ha salido competencia ilustrada. El inefable alcalde de Madrid ha suprimido la lectura tradicional de engalanar con estrellas de belén y siluetas de los magos de oriente calles y avenidas, y encargó una decoración fashion y laica, firmada por artistas de vanguardia que emborronan con luz blanca los falsos techos de las calles. El abeto gigante tiene factura neoyorquina, es un poste luminoso que no arremete la mirada de los ecologistas; en un parque, una pista de hielo como la del Rockefeller Center de la gran manzana invita a los adolescentes a realizar piruetas, quizás nieve la noche del día 24 para que el ambiente invite a venir a Santa Claus en su trineo para ir colándose por las chimeneas de la ciudad. No hay belenes ni viejas tradiciones, con Gallardón se reinventa la ciudad, se reinventa la navidad. Una de las más agradables sorpresas del alumbrado nace en el paseo de Recoletos, como saliendo de la Biblioteca Nacional. El artista, del que desconozco su nombre, ideó un océano de palabras y las colgó de los alambres que unen por el aire las aceras. Son palabras colgadas que se van iluminando lentamente, una avenida de palabras perdidas que sirven de paisaje para la navidad. La calle se me antoja una pantalla de teléfono móvil donde van apareciendo, brotando, palabras que se iluminan. Es todo un cortejo de palabras que buscan su lugar en una frase. Tal vez los madrileños se detengan a jugar a construir frases y vuelvan a inventar un viejo eslogan navideño que desea la gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Hay que ubicar las palabras perdidas, devolverles su sitio en el habla coloquial, recuperar las viejas palabras de los oficios que se perdieron para siempre. De mi vocabulario desaparecieron muchas voces, se escaparon a lugares secretos, se escondieron en las páginas de un libro. Y ya no están conmigo. Hay palabras que ya no regresan nunca, cuando se mueren tus padres se van con ellos las voces papá y mama, se diluyen en el recuerdo, también ellas se quedan huérfanas porque no encuentran destinatario. La Navidad es una palabra perdida que vuelve cada año, el código de una cita, una música sin letra, que suena en nuestros corazones desde que tenemos memoria y encendemos las luces que iluminan un paisaje de infancia que no queremos apagar nunca. Cuando se pierden las palabras, y no dejan una pista para ser encontradas, perdemos nuestra memoria de hombres, el silencio, por muy calculado que sea, no podrá llenar nunca el hueco que dejaron las palabras. Alborozo no tiene réplica, y yo todavía no he encontrado un sinónimo eficaz para colo. Lector, si encuentras alguna palabra perdida, recógela. Ella será tu compañera y agradecida te iniciará en el tesoro de una lengua recobrada donde decimos volvoreta o avelaiña, donde decimos gracias y abedul, donde también decimos Navidad.