CONSCIENTE de sus limitaciones parlamentarias, y de las muchas ataduras políticas con que le aferran y atenazan sus propios socios, el Gobierno de Zapatero ha decidido especializarse en progresía, poner a España al frente de la legislación temeraria, y suplir con destellos de modernidad la falta de ideas fundamentales. Y eso hace que, lejos de funcionar como locomotoras del cambio, la mayoría de los ministros se comportan como verdaderos surfistas, que, aprovechando con destreza las olas que van y vienen, confunden sus vueltas y equilibrios con el logro de una meta. El Plan Hidrológico se vino abajo, creando el ambiente propicio para la consecuente derogación del Trasvase Tajo-Segura, sin que nadie sepa cómo y cuando se van a hacer efectivas las idílicas alternativas de Cristina Narbona. Los planes infraestructurales de Euskadi y Galicia esperan cola detrás del eje mediterráneo, sin que el proyecto de ley de presupuestos haya despejado ninguna incógnita. El anuncio de reforma de la ley de calidad fue un castillo de fuegos artificiales. Las propuestas para salvar Izar son como una quema de incienso en el altar de la demagogia. Y todas las reformas prometidas en los sensibles terrenos de la cultura, la vivienda, la agricultura y la pesca van camino de ningures. Pero nada de eso preocupa a una sociedad que, aliviada por la caída de Aznar, y abouxada por la cascada de leyes redactadas al gusto de los colectivos más activos, están a punto de provocar una grave epidemia de progresismo, capaz de desestructurar la convivencia de los españoles. Ni la ley de violencia de genero ni la de matrimonios homosexuales están medidas en su eficacia y consecuencias. Tampoco se ha calibrado con prudencia el proyecto de ley que quiere modificar el funcionamiento del Poder Judicial, cuyo horizonte más verosímil es la paralización absoluta. Y nadie se atreve a opinar sobre ninguna norma que lleve en su título la palabra «género», o que haga brindis al suicidio, la ruptura matrimonial o el laicismo. Por eso no me extraña que la última progresía haya salido de un señor tan demodé como Bono, que, olvidando que la reconciliación une personas pero no convalida ideas, hizo desfilar por el paseo de la Castellana a un representante de la División Azul. Ahora sólo queda esperar que a la apertura del año judicial vaya un juez del TOP, que a la fiesta de los Ángeles Custodios lleven a un comisario de la Brigada Social, y que el 1º de mayo desfilen los jefes del sindicato vertical. Porque cuando el progresismo se convierte en un salvoconducto para cualquier idea, ya no quedan referentes morales para nada. Y eso es, poquito a poco, por donde nos van llevando.