LA MINISTRA de Fomento, Magdalena Álvarez, anunció un nuevo Plan Galicia mejorado para finales de este año y, al mismo tiempo, le comunicó a la comisión parlamentaria para el seguimiento de ese mismo Plan que la recibirá el 21 de octubre, casi un mes después de que el Consejo de Ministros apruebe el próximo viernes el anteproyecto de los Presupuestos Generales del Estado para el 2005. Algunos creen que éste es un signo inequívoco de que se pretende desatender la demanda gallega de incluir en las cuentas del próximo ejercicio los 1.559 millones de euros del Plan Galicia. Pero la vicepresidenta del Gobierno ha asegurado este viernes que los próximos Presupuestos «serán muy buenos para Galicia» y pidió una semana para dar las cifras. Y así seguimos, fabricando confusión sobre algo ya de por sí impreciso y, al parecer, también mutante. ¿Cuestión de criterio? Desde luego. Las continuas redefiniciones que la ministra ha hecho del Plan Galicia justifican los resultados de la encuesta de Sondaxe publicados el viernes: si en el mes de febrero el 19,5% manifestaba que no sabía qué era el Plan, ahora ese porcentaje se ha elevado por encima del 30%. Si las cosas siguen así, imaginémonos qué cotas puede alcanzar el desconocimiento en los próximos meses. Que son también cotas de escepticismo y de frustración. Porque el Plan Galicia, que tantas cosas engloba, acoge sobre todo una: la esperanza de que, más allá de los aspectos propagandísticos, exista una respuesta real y con calendario para los problemas de Galicia. Un aspecto éste sobre el que no convendría verter más confusión, porque después va a ser muy difícil restañar la confianza política. Y sería el colmo tildar de escéptico, electoralmente hablando, a un pueblo que no se siente políticamente atendido. La ecuación es la contraria: se obtiene crédito y respaldo -y aumenta la participación ciudadana- cuando se hacen promesas con criterio y se cumplen con rigor. Lo del Plan Galicia no es una película de los hermanos Marx en la que cualquier despropósito tiene cabida y gracia. Por el contrario, ante tanta confusión y desconfianza hay que levantar un baluarte de seriedad y de compromiso. Para no defraudar ni fallarle a esta tierra.