NASEIRO es la romería que todos esperamos, año tras año, generación tras generación. No importa que el verano tenga poco sol y mucha lluvia. El valle del Landro a su paso por Chavín, entre eucaliptos, es cita obligada para la fiesta de la segunda mitad de agosto, tras Nuestra Señora, San Roque y San Bartolo; llega la alegría de la buena mesa con los manjares de la gastronomía mariñana, rica en mariscos de Os Farallóns y Xarón, empanadas de xouva y ventresca de bonito, para terminar con las mil y una delicadezas de la repostería casera, de unas gentes que saben de hospitalidad en torno a la villa de Pastor Díaz y Maruja Mallo. Este año decidí ir al valle de Naseiro, como un peregrino, en ese tren de vía estrecha que tardó años en pasar del diseño de una dictadura a camino para la democracia. Entra en Galicia, procedente de otras tierras cántabras, por un puente sobre el Eo, que permite ver el fuerte de San Damián para proteger a Ribadeo de los filibusteros. En la primera parte de esa Mariña mágica por naturaleza, hay campiña con ganado vacuno, rubio y negro y maizales, mientras la mar acaricia las playas pizarrosas de Barreiros, Reinante, Os Castros, tras dejar las viejas cetáreas de Rinlo. Nuestro ferrocarril, con pirata a bordo, atraviesa el río Masma y se adentra en el territorio de Foz, cuya estación duerme a la sombra de una palmera; para ir de playa en playa hasta la Areoura en la que un monstruo de cemento quitaba el sol a las gaviotas. Puerto bonitero de Burela, y viaje por una costa entre líneas de horizonte marino, vías y rocas, que llega a la ensenada de Rueta, en la que un bucanero tiene guarida. Tierras de Xove entre rojizos del flúor de la empresa del Aluminio y de repente las fragas autóctonas con robles que han escapado del hambre de las celulosas. Por fin territorio de Viveiro, primero por Area con los grandes de la buena mesa: Nito y Louzao; después galerías blancas nos miran al pasar camino de la estación del FEVE, y antes de iniciar el último tramo para llegar a Landrove. Aseguro que merece la pena un paseo, sin prisas, a lomos del FEVE. Imagino las historias que se le pueden ocurrir a Moncho Pernas, cuando viaja en el transcantábrico hasta llegar a su pueblo. Se puede pensar que la alternativa al FEVE es el AVE, pero es tanto como cambiar una vajilla azul cobalto del Sargadelos antiguo por otra procedente de Alemania, con garantías para el lavaplatos.