CELEBRAN hoy su fiesta patronal la mitad de los pueblos de España y miles de nuestras mujeres. Quisiera unirme a tanto alborozo en torno a un nombre. María viene del hebreo Myriam y, de entre los muchos significados que se atribuyen a la palabra, hay dos más de mi gusto: «Estrella del mar» y «Señora». Ambas expresiones me saben a serenidad y refugio. A descanso. Quizá porque María es el nombre de mi madre y, antes que las luces, distinguí su mano, la única capaz de acallar mis sollozos sólo con sentirla. Incluso en la oscuridad. Ninguna otra mano en el mundo me aquietaba..Y ya siempre fue así. Quizá también porque mi primera oración consciente, aquella en la que pedí algo al cielo sin recurrir a las fórmulas sabidas, se la dirigí a la Virgen. Debía de ser un problema pequeño como yo mismo, porque no lo recuerdo. Supongo que peligraría alguna asignatura. Lo digo por las fechas, era junio, y porque le prometí visitarla todos los días del verano si me lo concedía. Recuerdo lo demás: cómo iba vestido -un pantalón corto, de pata de gallo, que me gustaba mucho-, el banco exacto de la iglesia de los salesianos donde me arrodillé, que me concedió lo que pedí y que no cumplí la promesa. Bueno, y que... ya siempre fue así.