UNO ES AMIGO de Platón, pero sobre todo de la verdad; a medida que se avanza en la vida conviene alejarse de aquél y acercarse a ésta. Cada vez crece más en mí la iclonocastia, el desapego de los mitos y el deseo de contribuir a desmontarlos, cueste lo que cueste; aunque decepcione a mis compañeros de ruta. Yo he sido víctima del nerudismo, incluso creo que el primer libro que robé en mi vida (¿y el único?) fue la biografía del poeta chileno en la colección de Seghers. La pecadilla tiene su morbo y perdón, porque la cometí en la biblioteca del señor Linares, agregado cultural en París de la Embajada de España bajo el franquismo, allá por los años sesenta. Estaba entonces subyugado por el Canto general, Residencia en la tierra y los Veinte poemas de amor, algunos de los cuales hice pasar por míos. Recuerdo de memoria: Cuerpo de mujer, blancas colinas /(aquí, no recuerdo bien este verso) / en tu actitud de entrega...» (con atisbos machistas este último, ahora que lo pienso). Me sirvieron, ya lo creo, además de los galanteos, para comprobar que en literatura los plagios son siempre eficaces y suelen quedar impunes. Conocí a Neruda cuando lo nombraron embajador en París y asistí a la proclamación del premio Nobel en Estocolmo. Me pareció un hombre distante, diría que inaccesible, nada que ver con Miguel Ángel Asturias, a quien había acompañado años antes, y en su propio compartimento de tren, a la misma ceremonia sueca. Yo era joven, principiante, y la soberbia de Neruda me pareció normal. Desde fuera del PC (era entonces companero de ruta) creía en algunos dogmas: Marx no podía haber tenido un hijo espúreo con su criada; Stalin era el padrecito de los pueblos, y con el ambicionado premio Lenin, la Internacional comunista situaba a Pablo Neruda en la cima universal de los poetas. Cuando mis pasos empezaron a divergir, ponía oído atento a lo que me hubieran parecido sacrilegios: Sí; Neruda era un buen poeta en los títulos que cité antes, pero execrable en los que escribió en loor del «padrecito», y era despectivo con las mujeres, entre ellas nuestra gran Maruja Mallo. Su afán de honores y la faceta avida dolars se vislumbran en la película de Skármeta Il postino , y me los relataron con mil anécdotas en Santiago de Chile amigos y ex secretarios suyos. En su libro Confieso que he vivido - rebautizado por algunos Confieso que he bebido-, Neruda muestra a un visitante el pisito de Carpentier en la plaza Dauphine: «Allí vive Alejo Carpentier, la persona más cobarde que conozco, que nunca se ha comprometido...» (vuelvo a citar de memoria y es más largo). Indigno, cuando sabemos que Alejo Caroentier se comprometió con la Revolución cubana desde sus primeros momentos. Pero todo se explica: en Cuba descubrí un cruce de cartas entre Neruda y Carpentier, cuando éste era director de Publicaciones Nacionales . Carpentier le pedía autorización a Neruda para publicar sus obras en Cuba. Neruda le hizo tal exigencia en dólares que Carpentier hubo de desistir. «¿Puedo publicar estas cartas, Alejo? «No, chico, Neruda era -no le hubiera gustado a Carpentier que reprodujese el epíteto- pero no se puede decir». No se puede decir: Me pasó lo mismo el año pasado en Piacenza con Nicolasito Gillén, hombre encantador e inteligente, hijo del autor de Sóngoro cosongo: Su madre posee cartas cruzadas entre ambos poetas que no se deben publicar. Y no hace mucho (unos seis meses) participé en una mesa redonda en París en la que se presentaba un libro de Pierre Kalfón sobre Neruda. En la tapa aparecen Neruda y Allende. «¿Por qué los pones juntos, Pierre? Luis Sepúlveda asegura que no se podían ver». Estupor en la sala. Intervino Antoine Blanca, director adjunto de la ONU cuando Pérez de Cuéllar: «No es verdad, la prueba es que Allende lo nombró embajador en París». «Claro -le contesté-; para quitárselo de encima».