Viaje al límite

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

03 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL SOLSTICIO, no sé por qué, nos arrastra al Atlántico o al contraluz del interior. La Galicia de muy adentro es la frontera entre la belleza paisajística de nuestro país, tal como era hasta hace cincuenta años, y el deterioro producido por el presente. Mientras vamos al encuentro de los paisajes aún bien preservados de la Ribeira Sacra, siguen abiertos los abruptos tajos de los taludes de la autovía Santiago-Lalín y algunas vías, llamadas de alta capacidad, todavía aparecen rotuladas como «corredor rápido». Poco se ha aprendido de la cantidad de muertes por accidente en estas carreteras, que en su propia denominación invitan a la velocidad cuando, en muchos casos, ni su trazado, ni su señalización, ni el estado de su pavimento la consienten. Al paso, se aprecia que la concentración parcelaria en los entornos urbanos ha servido, no tanto para racionalizar las explotaciones agrícolas, cuanto para convertir leiras en solares que se van poblando de edificios diseminados. Internarse en estas comarcas es llegar al límite donde naturaleza y paisaje son la misma cosa, donde lo recibido como bien natural fue cultivado sabiamente desde la dificultad por la mano del hombre. Las plantaciones de pinos, acacias y eucaliptos de la Galicia más urbanizada son aquí masas de robles, castaños, fresnos, alisos. Exteriormente, todo está como estaba hace no tantos años. Pero también se llega aquí al límite de los indicadores demográficos mundiales, al límite de la historia, porque casi todo es historia, con poco presente. La población «fue» más de lo que es. ¿Es necesario no habitar para conservar? Sobran figuras administrativas: Áreas funcionales del territorio, Eje interior, Áreas de dinamización prioritaria. Con ellas, se va rellenando el suelo de infraestructuras, parques empresariales y eólicos, turismo rural, ¿comarcalización?,... sin un hilván suficiente para evitar que los lucenses y ourensanos más dinámicos abandonen estos municipios, a los que, por cierto, empiezan a llegar británicos y belgas acomodados y de edad mediana a alta, que valoran la calidad ambiental y los bajos precios. Junto a una cacharela de San Juan y a los acordes de una orquestina familiar, certificamos la pertinaz supervivencia de las pautas de relación propias de la colectividad rural y las posibilidades que aún tiene. Pero si no se lleva a esos lugares pálpito, cultura e incentivación para mezclar adecuadamente desarrollo, sostenibilidad, protección, interés empresarial, rejuvenecimiento demográfico, estructuras administrativas nuevas y operativas, apoyo y resultados, esa Galicia interior salvada del deterioro perderá la oportunidad de hacerlo tan bien como ya lo han hecho tantos otros países en su medio rural. La política, además de valer para promulgar leyes y redactar planes, tiene que servir para que el territorio se sienta y se gestione como un bien colectivo. Tiene que valer, por ejemplo, para que el Plan Galicia se pacte de una vez por todas y no sea una tabarra que ya nos aburre, mientras la realidad, tercamente, nos muestra el declive, pero también las potencialidades, de las partes más hermosas de esta tierra.