VIENTO y mar. Es la constante en la vida de nuestros pueblos desde la desembocadura del Eo hasta la del Miño. Lo que perdura de unos tiempos a otros, entre generaciones que navegaban a vela o en barcos mucho más sofisticados gracias a la electrónica. Cuando estaba en el País Vasco, me defendía cerrando los ojos y escapando a nuestros puertos, donde aprendimos a nadar, bogar y fiar, o a predecir el tiempo en función de cómo quedaba la puesta de sol. La historia interminable de estas gentes comienza a los doce años, con la primera cartilla de mar, en una Galicia que necesita mandar a sus hijos fuera del hogar para liberar un plato de comida y poner a un niño en la singladura del trabajo y salario, con el que comienzan a ser independientes. Y la mar, de vez en cuando, en julio del 61, en el 73, se vuelve galerna, como una cita con el destino, hundiendo barcos en unos instantes, para mostrar la pequeñez del ser humano ante las fuerzas de la naturaleza. Fui a la escuela con ellos. Son mis amigos de la infancia. Los admiro. Han hecho grande a nuestra tierra. Han salido de la nada, del rancho del barco de madera; ayer fueron marineros, después patrones y hoy armadores de barcos que llevan nuestros colores por los siete mares. Pero cuando un barco se va a las profundidades y se lleva a una tripulación, ya sea de A Costa da Morte o de A Mariña, todos los que pensamos y sentimos el idioma de la mar, somos hijos de viuda de mar, y no necesitamos hacer ningún esfuerzo para solidarizarnos con las familias de la tripulación de O Bahía . Estos días, en Celeiro, en el Cantábrico Lucense, no podemos eludir la conversación. Empezamos tratando de saber cómo pasó y terminamos con algo muy nuestro: «Ten que ser». Gentes curtidas por el sol y el salitre, por el trabajo en cubierta, por tiempos duros en los que había que aguantar, sienten que un patrón pierda su barco, su tripulación y su vida. Currana, Lete, Parrocha, Tecedores, Pernas. Son mis amigos, y doy fe de su dolor, su rabia, su impotencia por otro naufragio más. Pero también sé que su dignidad les impide dar un paso atrás. Están hechos de madera de remo y cáñamo de cabo, curtidos por los rumbos de una mar que nos duerme por las noches y nos despierta con el día. Este año, en la procesión del Carmen, volveremos a estar todos, sin importar nuestro credo político, recordando a los compañeros que no podrán volver a ver el día desde el Roncudo.