PIENSO que las religiones están llamadas, a pesar de todo, a ejercer un papel brillante y fundamental en este siglo casi recién iniciado. Ellas son un riquísimo venero de ofertas de ideas sustantivas del bien, una fuente importantísima, si no la principal, de lo que hoy suelen llamarse éticas de máximos. Y la ética de máximos es la ética fundamental en una sociedad. Lo que los seres humanos queremos es ser felices, llegar a la plenitud y no simplemente hacer lo que es correcto. Todos queremos vivir la vida a tope, y la gran tarea de la ética no es hacer lo bueno, sino lo mejor, lo óptimo. Frente a religión o ética, religión y ética. Son más los puntos de convergencia -los puentes- que unen a las diferentes tradiciones religiosas que las diferencias. Creo que este hecho fundamental no ha sido adecuadamente valorado. Es mucho lo que podría obtenerse en relación con la promoción de la vida si nuestras posturas se presentasen no como algo exclusivo sino inclusivo. Y este recordatorio lo hago insistiendo en la urgencia de trabajar por una nueva espiritualidad, una nueva mentalidad, una nueva forma de cultura caracterizada por el ansia de encontrar espacios de diálogo y fraternidad. En nuestro contexto existe, todavía, una enorme despreocupación acerca de estas cuestiones. Aplaudo la decisión del cabildo catedralicio compostelano de retirar al museo la imagen de Santiago Matamoros que, por otra parte, no llevaba toda la vida en ese lugar sino tan sólo 50 años. Pero me da mucha pena comprobar cómo carecemos del brío necesario para poner en marcha un centro académico de excelencia para el análisis y el debate interreligioso (que bien podría dirigir Torres Queiruga, nuestro mejor teólogo), y en cambio malgastamos nuestras energías en humo que se lleva la brisa vespertina. Y en pleno Xacobeo, son los catalanes los que organizan el Parlamento de las Religiones dentro de las actividades del Forum¿ Una racionalidad alternativa más adecuada para entender la lógica de la ética, una racionalidad que está enclavada en la comunidad y encarnada en la tradición: esto es lo que debemos esforzarnos en alumbrar. Debe reconocerse, para empezar, que el discurso moral público no es una arena de discusión neutral, objetiva, sino que involucra encuentros entre numerosas tradiciones que parcialmente coinciden y parcialmente se enfrentan. Por esa razón tender puentes resulta vital.