LAS CORRIENTES históricas de la arquitectura se han sucedido de modo pendular, de románico a gótico, de barroco a clasicismo, de eclecticismo a moderno y a posmoderno. En estas oscilaciones ha estado en juego la posición geométrica de la piel del edificio, es decir, su fachada, y del esqueleto, esto es, su estructura. Esta relación puede explicar un siglo largo de arquitectura de una ciudad como París, con la introducción de los materiales modernos: hormigón, vidrio y acero. La torre Eiffel es pura osamenta, llena de valor e imaginación al concebir a finales del XIX una armazón de esa altura y esbeltez, que corta el viento del Campo de Marte con tal desafío que la hace oscilar hasta siete centímetros y obliga cada siete años a un tratamiento epidérmico con setenta toneladas de pintura. Al otro lado del Sena, los hermanos Perret hacen en 1904 la primera obra de hormigón estructural, un edificio de viviendas en la calle Franklin. No se atreven a dejar a la vista el material resistente y lo recubren con una piel cerámica de motivos vegetales y geométricos de una gran belleza, ayudados por aquellos maestros artesanos que manejaban los oficios con destreza y sensibilidad excepcionales. En la década de los 30 los hermanos Jeanneret, uno de ellos más conocido como Le Corbusier, proyectan el refugio del Ejército de Salvación, su máquina de habitar , donde la membrana de vidrio hermético y el hormigón visto se ponen en el mismo plano, conformando una fachada vanguardista. En los años 70, en el Plateau Beaubourg, el presidente Pompidou promueve un rupturista centro cultural al que Piano y Rogers colocan la estructura metálica por fuera y la piel vítrea de fachada ligeramente retranqueada. El tiempo y una seria restauración han mejorado su integración y su contenido, sobre todo el Museo de Arte Moderno. Ya en la era Mitterrand, Perrault concibe la gran Biblioteca Nacional, cuatro volúmenes simétricos en forma de L, impositivos, lujosos, perfectos, que configuran una plaza en la que uno se encuentra siempre maltratado por la intemperie, y que se recoge en un íntimo impluvium arbolado. La epidermis de vidrio que encubre completamente la estructura encierra millones de libros, que necesitan mamparas opacas para protegerse de la luz. En este nuevo milenio, Vassal y Lacaton han desollado interiormente la arquitectura ecléctica del Palacio de Tokio, de 1932, para dejar a la vista la estructura de hormigón y conformar un nuevo espacio, dedicado al arte y las manifestaciones de vanguardia. El minimalismo llevado a sus últimas consecuencias. Después de tanta anatomía, decidimos tomar un pied de cochon en una brasería. La piel y el hueso son sabrosos, pero gusta encontrar en medio un poco de músculo. Y, mientras hacíamos honor a la gastronomía, pensábamos que los proyectos y obras de los arquitectos son hipótesis, y los humanos las convertimos en tesis con nuestros usos y abusos, navegando entre ellas con la musculatura de nuestras actividades.