Carta de ajuste

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

19 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ESTAMOS EN VÍSPERAS de sintonizar un nuevo programa para España. Pasamos de la vieja televisión en blanco y negro oliendo a esencia de No-do a la pantalla de plasma, casi sin transición, superando las seiscientas veinticinco líneas y arribando a la modernidad digital. Es el triunfo del gran hermano orwelliano, la proclamación de la primavera en un país heredado que se vertebra por los millones de hipotecas al tres por ciento. La Bolsa reparte suerte como Dios en las tardes taurinas, y saludan el triunfo, dan la bienvenida a los tiempos que vienen con la mayor caída bursátil de los últimos dieciocho meses. El corazón de la Bolsa es de hielo, siempre evita que los latidos, que los sobresaltos, puedan derretir su mecanismo de témpano. Tal vez por eso no estuvo a la altura de las circunstancias cuando la muerte se detuvo en Madrid, en un tren, estación de Atocha. La Bolsa no cerró y el parqué no quiso sentir los escalofríos de aquel jueves. Wall Street puso el cartel del luto durante siete días, los que en el calendario transcurrieron desde el 11 de aquel septiembre. Muy de mañana, un tertuliano vomita presagios inciviles en una emisora. Son los parabienes de una sorpresa mal digerida, de un sorpasso imprevisto, de un vuelco que no estaba descontado en la agenda de los analistas. Y el coro de las consignas cantaba la melodía de las emociones, olvidándose de que la democracia iguala en las urnas a todas las personas mayores de dieciocho años, a los nueve millones largos que votaron conservador sin emoción alguna y a los casi doce millones de votos socialistas que llevaban implícitos -especialistas dixerunt - una excepcional dosis emocional. Yo sólo veía estática en todas las pantallas la carta de ajuste, el pistoletazo de salida mediática que anunciaba una apertura de ciclo, y en el café de las once la sorpresa amainaba y se vislumbraba un sol torpe, obstinado en saludar a todos los ciudadanos mientras el pásalo de los teléfonos móviles establecía una tregua de silencio. Todavía había cadáveres sin identificar, asesinos sin identificar, del terror perfectamente identificado. El dolor se iba atemperando y el país recuperaba el mecanismo que pone a punto los engranajes que mueven la historia El dolor se instala en la memoria y hace que el olvido del jueves 11 no sea posible. Y repito en una línea que ya más nunca os podremos olvidar. Yo no quiero olvidar jamás a los dos largos centenares de víctimas de un terror incomprensible. Y la cortesía primera de las cuentas claras y las manos limpias debió dejar una resaca de aguardientes pastosos. Proclamo la inauguración del viento, decreto que las tardes se alarguen, pero, mi querido amigo, hay cosas en la Tierra que tu imaginación no alcanzará a comprender. Este párrafo es una versión libre del texto de Hamlet, rey de Dinamarca, cuando se dirige a Horacio, según dejó escrito Shakespeare. Acaso los dos millones de jóvenes desoídos de este joven país llenaron las urnas de votos con letras a plazo fijo. La izquierda supo contarles una buena nueva sólida y bien argumentada. La derecha les dio la espalda -según ellos, a la mejor juventud de España-, despreciando como siempre lo que ignoran. Estos jóvenes son las chicas y los chicos de los contratos basura, de la precariedad laboral, de los alquileres de pisos inexistentes, de las viviendas con precios prohibitivos; estos jóvenes son los que con generosidad se manifestaron reiteradamente contra la guerra, son los muchachos que culturalmente no aceptan la manipulación, la prepotencia o la mentira concebidas como tesis políticas. Por eso después de esta interrupción, permanezcan atentos a la pantalla, aunque por ahora sólo puedan ver la carta de ajuste. Que no es poco.