El mitin de Salamanca

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

07 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL VIERNES pasado estuve en Salamanca. Había terminado mis clases, y estaba paseando por la zona monumental, cuando me encontré con una riada de gente que agitaba con euforia las banderas del PP. El destino quiso que Mariano Rajoy hubiese escogido aquel día para pedirle el voto a los vecinos de Caldera, y por eso tomé la decisión de asistir a aquel acontecimiento que ya me sonaba tan extraño como una ceremonia budista. Mi último mitin lo dí hace quince años, y mis últimas experiencias de actos similares se reducen a un discurso pronunciado por Bugallo, en las municipales de 1999, y a otro de Quintana en los prolegómenos de esta campaña. Pero lo de Salamanca era otra cosa. Cuando llegué al Palacio de Congresos ya estaban abarrotadas las dos salas, una menor, en la que sólo se podía seguir el acto por televisión, y otra enorme, rodeada de medidas de seguridad, a la que era imposible acceder. Casi resignado a marcharme, me dirigí al jefe de toda la organización y le pregunté si quedaba alguna posibilidad de ver en directo al candidato. Y tanta cara de conservador debió de verme aquel buen hombre, que, haciendo una excepción escandalosa, abrió las vallas y me dejó pasar. No alcancé a meterme en medio de las banderas, pero pude ver el mitin en directo y hacer un juicio de lo que allí pasó. Lo primero que noté es que el público del PP cambió mucho. Son más jóvenes, más guapos y más moderados que en mis tiempos, y tuve la impresión de que, al contrario de aquella gente que sirvió para ganar las primeras elecciones, los de ahora forman un grupo más diverso y plural, en el que se refleja con bastante exactitud la sociedad española. Los primeros oradores no supieron poner al auditorio en ese tono de entrega que siempre busca un telonero. Y Mariano Rajoy se fue al atril mucho más pendiente de la conexión con el telediario de las nueve que de los miles de devotos que le hacían la coreografía en directo. Por eso tengo que reconocer que los minutos iniciales del candidato fueron plúmbeos, y que estuve a punto de llevarme una desilusión. Pero tan pronto como la televisión cerró su conexión, Mariano Rajoy recuperó el ambiente, se centró en un discurso para militantes, y ofreció una seguridad en la victoria que deja pocas dudas sobre los pronósticos del CIS. Al final, tras los apretujones de la salida, me topé de frente con Mariano, que no ocultó su enorme y agradable sorpresa por mi presencia. Pero me pareció que sentía cierto pesar por haber trabajado el mitin para televisión en vez de hacerlo para los presentes. Porque nadie le había advertido que entre aquellos miles de personas había una, al menos, que no está convencida.