QUE MARIANO RAJOY vaya a participar en la campaña electoral del PP es todavía una incógnita... De momento parece haber optado por seguir haciendo de telonero de Aznar, como si quisiera convencernos de que, en realidad, no es el el candidato sino el gerente de la empresa que ha gobernado este país y al que sólo se le ha encomendado ofrecer su cuenta de resultados. Su conocida expresión de despiste transmite una desconcertante sensación, porque su talante no encaja en la virulencia de la confrontación política que estamos viviendo. Se le nota incómodo, como si la batalla electoral no fuera con él, obligado a intentar una agresividad que no siente (ni piensa que es lo importante), deseando volver, enseguida, a su cuenta de resultados o, para variar, a relatarnos las bondades sin cuento, los «muchisimos beneficios», (como diría el hermano de Bush) que nos puede traer el próximo gobierno del PP que él presida. Es entonces cuando es probable que caigamos en la cuenta, no en la de resultados, sino de que Mariano es, realmente, el candidato del PP. Un candidato que había acogido con regocijo el modelo de campaña diseñado por Gabriel Elorriaga, que era una campaña tranquila, plana, sin aristas, sin política, sin mensajes ideologizantes, sin exabruptos, sin... campaña. Lo malo (... «o no», como diría con sorna el candidato) es que las locuras de Carod-Rovira, sin olvidar el turbio asunto de su filtración política y las mentiras sobre la guerra de Irak, le han «movido» la estrategia de una campaña color sepia. «O no». Porque el PP ha sido capaz de utilizarlo todo, pero «todo, todo», como le advirtió en su día Aznar a Corcuera, para obtener réditos políticos. Lo que sí está claro es que Rajoy seguirá siendo una incógnita. Sobre todo respecto a lo que pueda ser su actuación como presidente del Gobierno, que parece que eso sí que es una certeza, aunque tengamos que esperar al catorce de marzo. Todo depende de lo que haga con la llave... Porque una vez que decida en cuál cajón de la mesa de su despacho guarda el legado de Aznar, deberá decidir si se guarda la llave en el bolsillo para sacar y tomar notas de vez en cuando o... La verdad es que a mí me gusta la idea de que, al final, se decida a darse una vuelta por su tierra, se embarque en un catamarán y cuando no le vea nadie, arroje la maldita llave al mar. Entonces Mariano Rajoy ya no sería una incógnita. Sería un alivio, al menos. «O no»... Porque para el futuro del PSOE, un gobierno del PP, centrado, capaz de ejercer la moderación y practicar el diálogo, sería un desastre y el gobierno de la izquierda, una quimera. Es ahí donde está la incógnita. Porque Rajoy es un político frío, pragmático, sanamente descreído, capaz de cambiar lo que haga falta sin aspavientos... «o no». Todo depende de lo que decida hacer con la maldita llave.