¡LO QUE cambia la vida! Y, sobre todo, ¡lo que cambia la política! Hace pocos años, Juan María Atutxa era Consejero de Interior del Gobierno vasco. Estaba amenazado por ETA. Mostraba vídeos donde se podía ver cómo iban a acabar con su vida en un coche que saltaba por los aires. Le coreábamos porque era una especie de héroe contra el terrorismo. Y ayer, el mismo Juan María Atutxa, no otro, llegaba al Tribunal Superior de Justicia del País Vasco e hizo lo mismo que esos etarras que le querían matar: quiso declarar en euskera y hubo que pedir un traductor. Y algo más: era llamado a declarar por la protección que había otorgado a una formación política que el Tribunal Supremo identifica con ETA. ¡Cómo cambia la vida! Entre una escena y otra han pasado pocos años; pero la política vasca ha dado el giro más importante desde que Sabino Arana fundó el PNV. El poder político vasco ha dejado de perseguir a ETA y se ha convertido en defensor de su brazo político. Se ha creado tal identidad entre ambos, que se defienden mutuamente. Y los antiguos perseguidores de la banda armada tienen que pasar ahora por los tribunales porque se niegan a cumplir una sentencia del Supremo contra ese brazo político del terrorismo. Sólo con contemplar esta diferencia, podríamos obtener la conclusión de que, si existe una guerra de los violentos con el Estado, son los violentos los que van ganando en adhesiones políticas y sociales. Pero hay detalles todavía peores en el espectáculo visto a las puertas del Tribunal Superior. El primero, el gesto mismo de los diputados que le acompañaron e hicieron el pasillo: en condiciones normales, sería una presión sobre los jueces difícilmente tolerable. El segundo, lo que ha declarado Arzalluz en el sentido de que echará la gente a la calle si Atutxa es procesado. ¿No es eso un chantaje a la Justicia? ¿No existe ninguna tipificación de esas palabras como delito? Y el tercero, la declaración del propio Atutxa a los periodistas: se considera «apoyado por la mayoría de este pueblo». Esta confesión, aunque respondiese a la realidad, supone enfrentar al pueblo con la Justicia. Es más: supone que la razón popular, expresada en votos, en encuestas o en sentimientos, es una razón superior a la razón del Derecho y de la Ley. Supone, por tanto, que si hubiese una decisión de procesamiento, estaría justificada la sublevación popular, y el Partido Nacionalista estaría legitimado para incitar a esa rebelión. Sublime, ¿verdad? Más que nada, increíble. Pero eso es lo que dicen los acontecimientos de ayer. Cada crónica que se escribe de la actualidad vasca es un poco más grave que la anterior. Y más suave que la siguiente.