LOS AUTORES de un largo reportaje sobre China, publicado en el semanario francés Le Nouvel Observateur , se preguntan: «¿Y si el gran vencedor de la mundialización liberal fuese... el último dinosaurio marxista-leninista del planeta?». La cuestión contiene todo lo paradójico y contradictorio de la situación. Porque a China ya sólo le queda de comunista la bandera y el Partido, ¡pero aún le queda nada menos que eso! Y, a pesar de ello, o precisamente por ello, ha inventado un modelo inédito de desarrollo, mezcla de liberalismo salvaje y de despotismo político, que llaman «economía socialista de mercado». Un modelo cuyas cifras asombran. Tanto que ya hay quienes le auguran a este país-continente la primacía del comercio mundial para antes de medio siglo. Hasta ahora considerado un gigante político y un enano económico, China está creciendo el 8% anual, y en los últimos 16 años ha pasado de ser la decimotercera potencia comercial del mundo, detrás de Taiwán, a convertirse en la sexta. Todavía no significa más que la décima parte del PIB americano y un tercio del de Japón, pero ya contribuye con un 17,5% al crecimiento mundial y, según algunos expertos, puede superar a EE.?UU. antes de mediados de este siglo. Todo ello, claro, si el régimen comunista logra asumir las tensiones que el crecimiento va a generar y en el que la dinámica capitalista tratará de manifestarse, también en el ámbito político. Hoy estamos ya ante una realidad sorprendente: en una sola generación, China ha asumido mutaciones que los países occidentales completaron en 150 años, y llega a las tecnologías de la información al mismo tiempo que nosotros. El presidente Hu Jintao busca a marchas forzadas la modernización del país, pero las elites chinas ya le han superado en entusiasmo y sólo quieren lo nuevo, lo moderno. Lo viejo es simplemente despreciado. ¿Cuánto tardará en serlo el propio Partido Comunista Chino, ahora que las utopías maoístas ya no son ni siquiera pesadillas? De momento, China, con sus 1.500 millones de habitantes, crece a pasos agigantados. Es un buen motivo de reflexión, sobre todo para esos días que amanecemos poco europeos y más antiamericanos.