NO HACE falta ser Greenspan para saber que gastar más de lo que se ingresa lleva a la ruina a cualquier economía. Los alemanes, los jefes de Europa, eran bien conscientes de ello. Para conjurar el peligro, en Maastricht fijaron unas condiciones draconianas de acceso al club del euro , entre ellas, no superar un 1,5% de inflacción y mantener el déficit público por debajo del 3% del PIB. Pero al final, los siempre revoltosos meridionales consiguieron entrar en el euro. Alemania y su compadre Francia, los galácticos de la UE, decidieron que había que atar corto a los zánganos del sur, gentes de mal vivir y poca confianza. Así que 1996 se inventaron el corsé de hierro del Plan de Estabilidad , que convertía en sagrado mandamiento lo de no endeudarse por encima del 3%. Ahora, cuando aún no se han cumplido dos años de la entrada en circulación de la moneda única, resulta que los que están empufados hasta las cejas son Francia y Alemania, los autores del libro gordo de Petete de la economía europea. ¿Solución? Todo lo acordado pasa a ser papel mojado y con la ayuda de la panchangueira presidencia italiana (también en el insigne club del pufo) se envía al limbo el Plan de Estabilidad . Cabe recordar que bajo la brillante batuta del tándem Chirac-Schroeder la zona euro ha crecido un 0,4% en el último trimestre, mientras EE.?UU. galopa a un rutilante 8,2%. ¿Cómo superar la anemia económica europea? Pues empeñándonos más. Festa rachada para el gasto público. Y en la autopista del mercado global, que gane el mejor (aunque es de temer que con estos volantazos no va a ser precisamente la UE).