LO RECORDABA ayer Roberto L. Blanco: el nacionalismo catalán sólo avanzó un 1% con respecto a las elecciones de 1999, y todavía no alcanza a ser el 50 % del electorado. Por eso conviene insistir en que vivimos en una sociedad compleja y diversa, y que nadie debería gobernar desde los prejuicios y las tipologías ideales. Pero, siendo eso verdad, también es cierto que la política no se agota en la matemática, y que, si cabe admitir que la sociedad catalana no se ha movido practicamente nada en términos ideológicos (debate izquierda-derecha), ni en clave territorial (eje nacionalismo-estatalismo), también tenemos que reconocer que produjo un enorme terremoto en los alineamientos partidarios, que derivó en un Parlamento fragmentado (varios partidos y varias posibilidades de coalición), en la radicalización del electorado (una izquierda más izquierdista y un nacionalismo más nacionalista), y en una inercia política que se encamina a la modificación del Estatuto y del Título VIII de la Constitución. Los actores son los mismos, pero su cambio de posición dentro del sistema equivale a una revolución en el panorama político catalán y español. Todavía estamos viendo la situación en caliente, en medio de una batalla que no termina hasta marzo. Y por eso se entiende que, tanto el PP como el PSOE, estén haciendo una lectura de los resultados en función de la contienda Rajoy-Zapatero. Pero los que estamos libres de compromisos, y vemos la situación con distancia científica, debemos advertir que se están interpretando las elecciones al revés, y que casi todos se están equivocando: los que, basándose en la posible formación de un tripartito de izquierda, creen que ganó la izquierda; los que, sobrevalorando el papel del catalanismo radical de ERC, creen que gano el nacionalismo; los que, viendo que el PSC baja y el PP sube, creen que ganó el aznarismo; y los que, barruntándose el resquebrajamiento del cerco a Ibarretxe, creen que ganaron los independentistas. Lo único que queda claro tras las elecciones catalanas es que ganó el pluralismo y perdió la simplificación del sistema. Ganó el debate abierto y perdió el discurso único. Ganaron la flexibilidad y la inteligencia y perdieron las chulerías propias del enfrentamiento entre buenos y malos. Ganaron los que tienen dudas, y quieren aclararlas, y perdieron los que enfatizan lo obvio. Ganaron los que quieren hacer política en los parlamentos y en las calles, y perdieron los que quieren ganar el futuro de España en los tribunales y en los telediarios. Sólo eso quedó claro, y todo lo demás está por hablar. Por eso me atrevo a cerrar este artículo parafraseando a la Caixa: «¿Hablamos?».